JUVENTUD

Padres y madres de la pedantería

Padres y madres de la pedantería
Padres y madres de la pedantería

Para poder escribir este artículo, tengo “la plataforma de la lucha entrelazada” que escribe Jorge Rivera Staff, y como tablero horizontal descubierto y elevado sobre el suelo, coloco a una persona en semejante posición en una fecha cuyos oídos sordos retumbaron con panderetas y fuegos artificiales en un lugar privilegiado y anónimo del cementerio... pero, antes de irse estuvo viviendo en un lugar que se llama: El Renacer. Ese renacer cuya palabra solo conocen muchos jóvenes no como una cárcel, sino como un hospedaje que por derecho adquirió con su llegada triunfal un malvado tirano que terminó su recorrido sin glorias y sin victorias.

Cuando aún salen palabras preocupantes de labios de nuestros discentes, el alma sufre y tenemos que identificarnos con una persona ciega y sorda como Helen Keller, quien dijo: “nada puede lograrse sin esperanza y sin optimismo”. Y, lo que pensaba Mark Twain cuando escribió “no hay cosa más triste de ver que un pesimista joven” . Por eso, escribo sobre experiencias filosóficas que, aunque viejas, están vigentes porque cada vez que pasa un año y otro y otro me encuentro con rostros de jóvenes suplicantes, pidiendo a través de su mirada que los adultos les ayudemos, ya que no quieren archivar sus sueños de un renacer alentador. Siento, como docente, que los adultos no hemos comprendido que lo que quiere la juventud es un banquete y un nuevo renacer. Entendiéndose como renacer un derecho a adquirir, por el bautismo, la vida de la gracia. Un renacimiento.

El renacimiento nos lleva al estudio de la antigüedad, en donde se almacenaba en odres de cuero, no en botellas de vidrio. Allí, se secaban y curaban las pieles de los animales hasta que el cuero se pudiera moldear en forma adecuada para contener el vino. Cuando los odres eran nuevos, tenían flexibilidad y suavidad al tacto. Pero, a medida que envejecían, solían perder su elasticidad . Endurecían y no se expandían. Si alguien vertía vino nuevo en odre viejo, este se rompía y el vino se perdía...

Este relato nos indica que no podemos tener una vida más grande si conservamos una actitud restrictiva. Solemos , los adultos, aferrarnos a nuestros hábitos, limitarnos en nuestras perspectivas, apegarnos a nuestras ideas. La juventud choca porque desea hacer algo nuevo y está siempre en disposición de cambiar, de expandir su visión sin reservas... intenta promoverse con semillas de esperanza, pero los adultos nos oponemos a que expandan sus horizontes , entonces, “cosechan lo que nosotros hemos sembrado” cuando ellos desconocen los odres de antaño y sus consecuencias...

Recordé el banquete ( llamado: Symposio del Amor), que fue el diálogo más bello de los escritos de Platón. Discursos que pronunciaron de sobremesa en un banquete en donde Fedro fue quien, en resumen , vino a decir que el amor es un gran Dios, digno de ser honrado entre los dioses por muchas razones; por ser el más viejo de los dioses, porque es el que más bien reporta a los hombres y a las mujeres; porque ni nacimiento ni honores ni riquezas ni nada tiene, en fin, resalta la emulación al bien, necesarios para llevar una vida honesta; porque alienta la audacia y el valor para el sacrificio como ninguno de esos otros dioses. En este banquete un individuo joven sustituye a uno viejo. O sea, lo que envejece deja sitio a lo que nace.

En fin, en este banquete Sócrates termina su discurso afirmando que como auxiliar más poderoso, la humanidad entera debe honrar al amor y a la contemplación de la belleza absoluta que se encuentra en la niñez y en la juventud, que son las únicas que son imperecederas y libres de aumentos y de disminuciones, dijo: “Hermosa juventud, cuyo trato y contemplación ahora nos encanta”.

Pero, cuando Sócrates acabó de hablar, se presentó a la sala del banquete un joven llamado Alcibíades, quien, medio borracho, hizo un caluroso elogio al gran filósofo, con el cual dio Platón un giro inesperado al relato de la terminación del festín desvaneciendo hábilmente la elevación alcanzada por el maravilloso discurso socrático.

El banquete culmina con un juego de palabras en donde indica que no hay ignorantes, sino que todos somos sabios desde que nacemos, porque no se puede ser sabio ni ignorante al mismo tiempo. Para mí, este es el renacer.

Estos juegos de palabras delirantes del banquete culminan sobre una página de la “era moderna”, en la que no se sabe ya si los interlocutores discuten o se insultan , pues llegan a conclusiones como estas: “¿Tienes un perro? Sí, y... muy travieso. ¿ Y tienes a otros pequeñitos? Sí, los tengo. Entonces, ¿es padre? Lo es. Pues si el perro es tuyo y es padre, es tu padre”. Esto es pedante. Actualmente, estos son actos de personas engreídas que hacen oportuno y vano alarde de erudición. Esto es ridículo y a nuestra juventud no se le puede seguir enredando con palabrerías ni con acontecimientos que vayan hacia: “ningún paso atrás”. Paso a la juventud, dejen que pase alzando alegres sus primeros trinos, si le cortamos las alas, ¿cómo queremos que sin esa fuerza alcance la juventud el vuelo?

Los Sócrates de hoy son nuestros jóvenes, quienes arremeten verbalmente igual contra los sofistas de hoy y contra su discípulo Platón, porque como odres de cuero viejo no tienen las experiencias del pasado para cruzar sobre sus barreras . Por eso, nuestra juventud se niega a esperar que se hagan grandes cosas por Panamá. Esta juventud conoce las botellas de vidrio y sus modernos corchos. Como Platón, nuestra juventud, en su mayoría, va a la zaga en su desprecio a la falsa sabiduría .

Por ello, si no corregimos los errores del pasado, lectores y lectoras, nuestra juventud inmortalizará, también, en este nuevo comicio electoral, las diatribas y los sarcasmos cuyos acreedores somos víctimas de un aprendizaje errado cuando se enseña y se demuestra que la mentira, el no me importa, la burla , la deshonra y el juega vivo, forman parte de nuestro banquete panameño. Nos cuesta entender tales muestras en una época cibernética, satelizada, con tecnologías de punta cada vez más sofisticadas. Aún no comprendemos cómo pueden considerarse padres (y madres) de la patria tan descaradamente. Ellos y ellas saben que en realidad son “padres y madres de la pedantería”.

La autora es educadora

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