INSEGURIDAD CIUDADANA

Panamá, hacia una gran cárcel

En este momento histórico en que nos tocó vivir, el detrimento en las condiciones de vida es tan acelerado como calentar una comida en el microondas o tener una conversación por Skype, rápido y en vivo y en directo.

Hace apenas unos 50 años, era un insulto cerrar las puertas de la casa porque al vecino se le insinuaba que era un posible ladrón.

Pueden pensar que es mucho tiempo… para la historia de un país no es nada.

¡Cómo han cambiado los tiempos!

En diciembre de 2016 Panamá reporta 418 homicidios, equivalente a una tasa de 10 por cada 100 mil habitantes.

En San Pedro Sula hace 25 años, la noticia importante en el periódico era que a una señora le habían robado las joyas.

Hoy en día es una de las ciudades más peligrosas del mundo. En 2016 se registraron 3 mil 946 homicidios o 111.03 muertes violentas por cada 100 mil habitantes.

La tasa de homicidios de Japón es de 0.3 asesinatos por cada 100 mil habitantes.

No pensemos que dentro de todo estamos bien, porque eso es medirse de abajo hacia arriba y nuestra medida debe ser de arriba hacia abajo. Lo que debemos ver es que vamos por el mismo caminito y aún estamos a tiempo de hacer las debidas correcciones, si es que partimos por aceptar que tenemos un serio problema.

Uno de los bienes más preciados de los seres vivos es la libertad. Esa maravillosa sensación de poder salir a las 4 a.m. a correr, y que ni por un instante se te pueda pasar por la cabeza la idea de que alguien puede atracarte, o cosas tal vez más simples, como ir a un centro comercial de compras y que no te revienten la ventana del auto para robarte.

¿Cómo puede pasar esto en el país de las caritas felices donde la inseguridad es un tema de percepción?

Cuando los ciudadanos empezamos a sentirnos inseguros, la salud económica del país se compromete. La gente quiere encerrarse temprano, lo que equivale a cero cine, cero cenas, cero diversiones y nos convertimos en un país lleno de miedo, y cuando no circula el dinero la gente se queda sin trabajo y el círculo vicioso no termina y al final todos terminamos encarcelados en nuestras propias casas, y los delincuentes en las calles haciendo de las suyas.

El no hacer nada para detener la delincuencia es una forma de apoyarla. Cuando toque a nuestra puerta ya será demasiado tarde.

La autora es abogada


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