HISTORIA

Panamá, vértice de naciones

3 de noviembre de 2019. 116 años de venir desarrollándonos como entidad política independiente. Hoy, al evocar el tratado que ningún panameño firmó, con orgullo recalcamos a quien lo ignore: que la soberanía de Panamá no se cedió jamás a Norteamérica; que la Zona del Canal no fue adquirida por compra, cesión por conquista, anexión o cualesquier otro título de adquisición o transferencia de territorio; que tampoco fue arrendada.

De igual manera, place subrayar, y con llamativos colores, que no fue sino después de encarnizadas y prolongadas confrontaciones a lo largo del pasado siglo que por fin, como República independiente, logramos que así lo reconociera el coloso norteño; que se retiraran los yanquis y sus bases militares de la Zona del Canal y nos revirtieran territorios panameños, formalidad que ultimaron los gringos el último día del pasado siglo veinte. Todo ello, pese a las circunstancias que dieran nacimiento a nuestra república; circunstancias que aún pesan sobre nuestro destino, al punto de trastrocarse en delicado tema; tan espinoso, que aún hoy suscite insidiosa controversia.

Hoy, conscientes de la privilegiada posición -geográfica y estratégica- de la cual disfruta desde tiempo inmemorial nuestro istmo, place también subrayar nuestro derecho a beneficiarnos en primer instancia nosotros, los panameños, de lo privilegiado y providencial de este pedacito de tierra, Centro del Universo, como lo llamó el Libertador, Simón Bolívar.

A nosotros los panameños -como pueblo- no pueden pasarnos desapercibidas las singularidades de este pedacito de tierra; tan angosto, que tan sólo 190 kilómetros separan un océano de otro en su parte más ancha; 80, en la más angosta; particularidad ésta que hizo posible la construcción del canal, “la mayor libertad que el hombre jamás se haya tomado con la naturaleza”. Voz de James Bryce, jurista e historiador británico, cuya mente, diáfana y perspicaz como pocas, juzga.

Hoy, al evocar las circunstancias que trajeron consigo nuestra separación de Colombia, el primer Canal interoceánico a la vez mancomunidad con los Estados Unidos, una unión estrecha pero poco amistosa; tan agravante, que el siglo entero se nos fue luchando por deshacerla, place en gran manera percibir en nuestra juventud milenial sentimientos de amor y apego a este bendito suelo en que hemos nacido, crecido y vivido; sentir que en esta juventud palpitan valores como el honor, la justicia, la libertad. Augurar que tal vez por haber prestado oído al principio de que “los intereses fundamentales del país de uno toman precedencia ante cualquier consideración moral con la cual se pueda entrar en conflicto”, que dictara el filósofo político italiano, Nicolás Machiavello, padre de la ciencia política moderna, en los mileniales palpita el propósito de abandonar la órbita de un mal interpretado Pro Mundi Beneficio, esa muda órbita de asentimiento a la cual fuimos arrollados por carecer de experiencia política y hoy prevalece la voluntad de colocar y mantener a la majestad de la Patria en el alto sitial que le corresponde.

La autora es escritora panameña de 90 años de edad, residente en los Estados Unidos. 

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