Hoy se celebra el Día Mundial de la Cerveza, y en honor a esto, hemos dedicado nuestra columna semanal a esta bebida tan popular. Desde 9500 años antes de Cristo, la cerveza nos ha dado borracheras. Incluso las pirámides de Giza fueron construidas por obreros bajo la influencia de 4 litros diarios de cerveza. Es de las bebidas de mayor consumo en el mundo, superada por el agua y el té.
La ciencia que estudia la cerveza se llama zitología. Ya en el siglo XVIII, el científico inglés Lubbock estudiaba hormigas “enfuegadas” con cerveza.
La fabricación de cerveza es de las formas de biotecnología más antiguas que existen, pues trabaja con organismos vivos como la levadura.
El alcohol etílico de la cerveza, al ser absorbido por el intestino y transportado al cerebro a través de la sangre, bloquea o ralentiza ciertas funciones del habla, pensamiento y movimiento.
Hasta en la espuma hay ciencia. La cerveza sin espuma es como una noche sin estrellas. La espuma influye tanto en el sabor de la cerveza, que algunas empresas inyectan nitrógeno a la mezcla para que se mantenga por más tiempo
¡Y qué decir de los beneficios de la cerveza! Ella contiene minerales, fibra, ácido fólico y antioxidantes. Ayuda a condiciones posinfárticas, es un hidratante, y en el ámbito sexual, ayuda a retardar el orgasmo en los hombres, aunque también puede causar disfunción eréctil.
Con un par de cervezas encima no somos tan exigentes al momento de buscar pareja, pues inhibe algunas funciones intrapersonales del cerebro y lo enfoca más en conseguir compañía que de quién se trata. Y lo de la barriga cervecera es un mito.
Lo único que me preocupa es que en Panamá no tendremos estudios científicos de la cenosillicafobia, la fobia a los vasos de cerveza vacíos.
¡Salud!
El autor es miembro de Ayudinga! y de Ciencia en Panamá