Noemí, una de mis estudiantes de la USMA, la cual trabaja como psicóloga en el Senacyt, me invitó a un diálogo con diez estudiantes distinguidos de los colegios oficiales del área metropolitana; el encuentro ocurrió hace cinco años.
El coloquio fue sobre mis vivencias en la épica de la soberanía. Uno de ellos, del colegio Francisco Beckman, planteó el significado de la Patria para él.
El joven, con voz serena, comentó que la Patria era como llegar al centro escolar con un servicio de transporte deficiente e inseguro; sus compañeros en esos días tuvieron un accidente y varios quedaron heridos.
La Patria histórica no era de su interés pues él estudiaba en una escuela deteriorada; en la comunidad no había agua, pocos tenían luz eléctrica y los servicios de salud eran inexistentes, y llegaba a la escuela sin desayunar. El afán de superación lo animaba a vencer todas las adversidades, le prometían una beca para terminar la secundaria y luego ir a la universidad.
Las anteriores reflexiones surgen al ver la protesta de los deportistas negros de Estados Unidos de América negándose a saludar el himno de ese país en la forma tradicional. Ya antes en los juegos olímpicos celebrados en México tres medallistas negros levantaron el puño del Black Power al denunciar la discriminación racial en la patria de Abraham Lincoln.
Los institutores, un 3 de noviembre, al desfilar ante el presidente de la República le dimos la espalda como rechazo a su política autoritaria y sobre todo por la represión al movimiento estudiantil.
Trump, con la arrogancia del rey Midas, ataca las justas manifestaciones de los deportistas negros y los amenaza con expulsarlos de sus ligas. Donald ignora las luchas de Gandhi, Mandela y Martin Luther King Jr. La prepotencia lo obnubila.
Él con sus desplantes contra los latinos, negros y otros grupos minoritarios promueve la violencia de los grupos racistas y neonazis. La política de odio racial es igual a la de Hitler.
Me solidarizo con la posición contestataria de los deportistas negros del Coloso del Norte, pues ellos demandan el trato sin discriminación propio de una democracia.
La metrópoli canalera vive, cotidianamente, el drama de miles de panameños afectados por los transportes pirata y el pésimo servicio del Metro Bus. El vía crucis carece de esperanzas, los intereses creados de la mafia del transporte impiden una solución efectiva a ese trágico problema nacional.
Las áreas marginadas padecen de múltiples privaciones, en especial las comunidades campesinas y sectores obreros. Vivienda, salud, educación, alto costo de la canasta familiar, transporte, seguridad y calidad de vida, además de la corrupción institucionalizada, aumentan las demandas por la justicia social.
¿Qué es la Patria para ellos? ¿La cultura de la parranda, el fútbol, el juega vivo? La sociedad amoral atenta contra el bien común.
Patricia Pizzurno, en Memorias e imaginarios de identidad y raza en Panamá siglos XIX y XX, asedia con crítica puntual la discriminación de los invisibles en la sociedad panameña.
El racismo es parte del devenir nacional. Ayer se victimizó a José Domingo Espinar, Victoriano Lorenzo y Carlos A. Mendoza.
El asesinato de cinco jóvenes de origen oriental en La Chorrera puso en evidencia la complicidad de la Policía Nacional y de los funcionarios del Ministerio Público al obstaculizar la acción de la justicia.
Los aborígenes, los negros y los chinos son los grupos ignorados por el racismo imperante en el acontecer panameño; son los invisibles en una sociedad que los maltrata con políticas excluyentes.
El enclave colonial agravó el racismo con la discriminación hacia los negros y latinos. El Gold Roll y Silver Roll trascendieron la sociedad panameña. El apartheid contra los invisibles se agravó. La violencia gubernamental en las protestas de los ngäbe durante el mandato de Martinelli es un ejemplo.
La Patria nunca es el lugar donde naces, es el sitio donde están tus afectos, dolores y alegrías, donde trabajas y sueñas.
El protestar contra el orden establecido, como lo hacen los deportista negros del imperio de Washington, es un derecho fundamental de los seres humanos, es reclamar el derecho al futuro.
El autor es escritor