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TURISMO

Pensando a siete horas de Panamá

Viajar por auto en el país donde uno reside tiene sus ventajas. Uno es dueño de su itinerario; hay más flexibilidad, y muchas veces se descubren tesoros inesperados en el trayecto. Viajes de 8 a 24 horas por carretera son muy comunes dentro de EU, donde resido.

Viajar por avión requiere, usualmente, escoger por anticipado el destino a visitar, de entre muchas ofertas disponibles, todas ejecutando un feroz mercadeo para que uno escoja gastar en un lugar en particular y no en los otros. Entre más largo el trayecto en avión, más vale que valga el esfuerzo invertido en escoger un destino específico.

Asumiendo que un avión de pasajeros viaja a una velocidad de 530 mph (872 kph), eso quiere decir que a siete horas de Tocumen, por usar una medida de tiempo arbitraria, en un radio de 6 mil kilómetros, se encuentran centros urbanos de regiones de clima templado en el hemisferio norte como Montreal, Toronto, Boston, Nueva York, Washington DC, Chicago, Minneapolis, Denver, Atlanta, San Francisco, entre muchos otros. Lugares que tienen potenciales turistas y consumidores con mayor poder de compra que los vecinos de los países latinoamericanos (es una realidad económica que no se puede negar).

Panamá ofrece bellos paisajes tropicales, llenos de hermosas palmeras, paradisiacas playas, verdes montañas y alegre gente. Pero esa es la oferta estándar de cualquier país ubicado entre el tropico de Cáncer y el de Capricornio, en el continente americano. El turista no necesita a Panamá; es al revés: ¡Panamá necesita al turista!

El factor de diferenciación tiene que estar entonces en la atención humana, el agradecimiento al visitante, la seguridad de este y la limpieza del entorno que escoge visitar. La NASA llevó exitosamente a sus astronautas a la Luna no por sus fracasos, sino porque buscaron la perfección aprendiendo de cada uno de sus errores. Así tenemos que hacer todos en Panamá. Cada sonrisa cuenta. Cada “muchas gracias por visitarnos”, “por comprar aquí”, o “por comer aquí” cuenta. Cada gesto de honradez a quien se digna en visitarnos cuenta. Cada horario de apertura y cierre respetado cuenta. Cada basura colocada en su debido lugar cuenta (en un reciente viaje observé cómo abunda la basura plástica por toda la Interamericana, desde la capital hasta David).

Los seres humanos siempre queremos lo que no tenemos. Yo brinco para Panamá cada vez que puedo, y así he hecho por lo menos una vez al año durante los 22 años que he vivido afuera. Las vibras y energías positivas que me da mi amado terruño, me recargan las baterías por un año más. No, no es un país perfecto, y ninguno lo es, pero así como el salmón regresa a morir al río donde nació, creo que todos los humanos tenemos una conexión química o mágica con la tierra que nos forma nuestras primeras memorias, con olores, sabores, sonidos e imágenes. ¡Qué afortunado he sido de haber nacido en Panamá, mi pedacito de cielo! Lo cuido, lo cuidaré, y ruego a otros lo cuiden.

El autor es gerente de ventas internacionales.


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