Hay una frase que dice que las opiniones son como los fundillos: todo el mundo tiene una. Además, hay una falacia que se repite mucho, esa de que “todas las opiniones son respetables”, pues no, el respeto lo merece, sin duda, quien opina.
Y si completamos lo dicho con “antes de hablar, piense”, entonces estamos bastante bien preparados para empezar a opinar y debatir.
Piense lo que quiera sobre las visitas que tenemos en el país, sobre su impacto económico o sobre lo que representan; discrepen del mensaje y hasta de los mensajeros, pero, por amor al debate, por respeto al criterio: lea, reflexione y contraste antes de hablar.
Una opinión, sustentada en prejuicios no merece, aunque tenga derecho a expresarla, el más mínimo respeto.
Lo que se lee en prensa o se escucha en los medios y redes sociales da la razón a Umberto Eco cuando dijo aquello de los idiotas y el poder que las redes les ha otorgado.
La proliferación de opiniones anodinas, que quieren hacerse pasar por indignación a golpe de clic, y del odio al que no piensa igual, hace muy difícil encontrar una mínima luz de criterio para afrontar los grandes temas que nos ocupan.
Solo los necios confunden opinión con criterio.
Por eso ejercen su derecho a opinar sin detenerse a pensar en lo pertinente o falaz de lo que dicen. Ese es el caldo de cultivo para la posverdad de ahora, la mentira de toda la vida.
Una media mentira no será nunca verdad, por mucho que se repita, aunque la experiencia enseña que esto ocurre muchas más veces de lo que creemos.
Si no sabe, calle. Si quiere saber, lea. Si quiere opinar, contraste y, sobre todo, respete el debate y a usted mismo, no engrose la legión de idiotas con voz y sin criterio por tener una cuenta en redes sociales.
Pensar dos veces siempre será más inteligente que opinar aunque sea solo una.
El autor es escritor