En un viaje a París donde nos encontraríamos con unos amigos que viven en Trieste, les expusimos nuestro interés en visitar la Abadía del Monte San Miguel en el Canal de la Mancha, uno de los sitios turísticos más visitados de Francia, les gustó la idea y aceptaron.
Elegido Patrimonio Mundial por la Unesco, el Mont Saint Michel es el tercer monumento religioso más visitado de Francia, solo detrás de Notre Dame y del Sagrado Corazón, ambos en París, y es también, sin duda, uno de los parajes más bellos de todo el país, y es que la cosa no es para menos, ya que el Monte San Miguel es una pequeña isla unida al continente por un camellón que en el pasado quedaba cubierto por las aguas cuando subía la marea (como acá Taboga y El Morro) donde en la parte más alta se levantó una impresionante abadía que está abierta al público y en su base hay una pequeña “ciudadela medieval” que conserva algo del aspecto de hace siglos.
Así que el día seleccionado nos fuimos desde París en el auto de los amigos. El recorrido por el norte de la campiña francesa muy hermoso, y gracias al GPS llegamos directo. Ahora hay un camellón que permite visitar el sitio independientemente de las mareas, que son las más altas de Europa y donde se puede dejar el auto sin necesidad del “bien cuidao”.
El pueblo, con sus murallas, bastiones, torres circulares con techos de pizarra, y hasta un puente levadizo impresiona desde antes de entrar y una vez traspasamos los muros de la ciudadela, nos adentramos en otra época, aunque el aspecto de la pequeña calle del pueblo del Monte San Miguel ya no es el mismo que tenía hace siglos, pero lo recuerda.
Su historia se remonta al año 708, cuando Aubert, obispo de Avranches, ordenó elevar un santuario en honor al Arcángel San Miguel, después de que este se le presentara en sueños para ordenarle levantar un templo en su honor. El Monte San Miguel comenzó a convertirse en un importante lugar de peregrinación, lo que llevó a que a la abadía asignara monjes benedictinos, y a que en la parte baja del monte se desarrollara un pueblo que vivía del comercio de velas. Hoy las velas aún están, pero también venden postales, todo tipo de recuerdos, reproducciones en varios tamaños del Monte San Miguel con su Abadía (el mejor souvenir), y hay restaurantes y hoteles que ponen un puntito mercantilista, aunque conveniente, al Monte San Miguel.
Saliendo del pueblo comienza el ascenso hacia la Abadía y no hay cómo perderse porque tiene solamente un camino, con lugares para descansar y apreciar la magnífica vista desde diferentes ángulos, que incluye la desembocadura de un par de ríos y el Canal de la Mancha. Una de las preguntas que más acuden a la mente a medida que uno asciende por el monte es ¿cómo pudieron construir esta abadía en la cima de esta isla hace más de mil doscientos años?
A lo largo del recorrido se nota lo antiguo, pero bien construido y mantenido del sitio y de pronto llega uno a la Abadía del Monte San Miguel, que tiene un sobrio frontis y un hermoso claustro de diseño clásico que no se debe dejar de visitar porque es como estar en un jardín morisco con columnas árabes, a mitad del camino entre el mar y el cielo.
La Abadía es una iglesia austera con pocos cuadros y menos estatuas y llama la atención que junto a la mesa que sirve de altar en la nave central hay una Menorah. Bueno, San Miguel Arcángel nos vino a los cristianos directamente de la religión judía, donde es el jefe de los ejércitos de Dios, así como también lo es para las religiones cristianas e islámicas, quienes lo conmemoran el 29 de septiembre. Está abierta al público en general independiente de su fe.
Durante la Segunda Guerra Mundial Francia rindió pacíficamente el monte a los alemanes, quienes lo utilizaron como sitio turístico para sus tropas en descanso y cuando se retiraron se lo devolvieron a los franceses sin combate ni daño alguno.
Después de ver pausadamente la catedral, el refectorio y meditar en el claustro, iniciamos la bajada, que permite apreciar nuevamente la hermosa vista hasta llegar al pueblo.
Al día siguiente de regreso a París paramos en cuatro sitios de la Normandía relacionados con el día de la invasión, comenzando por Colleville sur Mer en la playa Omaha, donde desembarcaron los norteamericanos. Vimos el cementerio americano con esas filas de cruces blancas que sí, donde uno se pare, siempre verá filas en perfecta alineación; conocimos el centro de visitantes que tiene mucho que ver; los monumentos a los caídos con gran profusión de hermosas flores conmemorativas a la fecha y… la playa… la playa. Estas visitas nunca se nos olvidarán porque fuimos el 6 de junio, aniversario del Día D.
El autor es economista