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VOTO 2019

Perspectiva joven sobre las elecciones

Perspectiva joven sobre las elecciones
Perspectiva joven sobre las elecciones

La transparencia no se come, pero el cuento de que el anticlientelismo es una idea de élites es pura ficción. Se especuló mucho sobre cuál sería el alcance del movimiento #NoALaReelección. Al inicio del conteo de votos, los analistas en televisión narraban que el sentir generalizado parecía ser que la gran mayoría de los diputados que llevaban toda una vida en la Asamblea no se verían afectados; sugerían que solo los ya debilitados perderían sus curules. Con casi todas las curules de la Asamblea definidas, sabemos que la mayoría de los diputados no logró reelegirse, incluyendo a varios de muy alto perfil, como José Luis Popi Varela y Carlos Tito Afú, quienes llevaban más de 20 años en la Asamblea. Además, la presencia de diputados independientes en la Asamblea se extendió más allá de la capital con el triunfo de Adán Bejerano Ríos, en el circuito 12-2 de la comarca Ngäbe-Buglé. Efectivamente, la no reelección de los diputados también permeó la mayor parte del país.

¿Agrandar el área de representación es la clave para contrarrestar los feudos clientelistas? Sería irresponsable generalizar esta inferencia como una conclusión, pero llama la atención el caso de la candidatura fallida de Sergio Chello Gálvez a la Alcaldía capitalina. Como sabemos, Chello lleva 20 años como diputado del circuito 8-7 y 30 años de representante de El Chorrillo. Su derrota en la Alcaldía sugiere un posible paralelismo a la clave utilizada por los progresistas que reformaron las elecciones locales estadounidenses hace ya 100 años: agrandar el área de representación. Entre más electores, menor es la influencia que un candidato puede asegurar para sí mismo a través de prácticas clientelistas. No obstante, esto también viene con una desventaja: cambiar los circuitos electorales actuales por distritos o provincias dejaría a los representantes como la única figura que vela por los intereses de las comunidades. Esta decisión queda pendiente para las reformas electorales y la constituyente.

El fantasma de Martinelli, la política de la nostalgia y el deterioro del bipartidismo en Panamá. En sus inicios, el regreso de la democracia en la posdictadura se vio marcado por la alternancia de administraciones panameñistas y PRD cada cinco años. Hoy, parece ser que eso es cosa del pasado. En las últimas tres elecciones, Cambio Democrático ha ocupado una de las dos primeras posiciones. El 5 de mayo, dos fuertes narrativas de nostalgia marcaron la pauta para dos tercios de la población panameña. Rómulo Roux se apegó al eslogan “Lo bueno vuelve”, y el apretado resultado electoral dio fe de que una porción importante del electorado se identifica con dicha consigna. Menos explícitamente, pero siempre presente para quien lee entre líneas, está la muy repetida “Cuando el PRD gobierna, a la gente le va mejor”. Entre nostalgia, el peso de la tendencia de tres décadas sin repetir partido en la Presidencia y la sacudida sin precedentes del independiente Ricardo Lombana, por primera vez vimos a uno de los partidos del tradicional bipartidismo panameño ocupar la cuarta posición en una elección presidencial.

La Presidencia y la Asamblea: otra instancia de disonancia cognitiva. Tras la elección pasada de 2014, el consenso parecía ser que gran parte del electorado decidió dividir su voto: por Varela y el panameñismo para la Presidencia, pero por el CD o el PRD para la Asamblea. Esta vez, el panorama parece un poco más complicado. Alrededor de 25% del electorado votó por uno de los candidatos por la libre postulación a la Presidencia, pero hasta el momento de la redacción de este artículo solo cinco diputados independientes son virtuales ganadores de una curul en la Asamblea (7% de la Asamblea). Si bien el número representa un gran aumento con respecto a la presencia de una diputada independiente en la Asamblea actual, todo parece indicar que la incompatibilidad del voto en plancha y el sistema de cocientes favoreció a la partidocracia. Sin duda, este será otro tema a considerar con miras a las reformas electorales y constitucionales.

Representación descriptiva versus sustantiva. En la selección de compañeros de fórmula, muchos analistas han sugerido que varios candidatos presidenciales eligieron a sus vicepresidentes pensando en qué segmento del electorado podrían aportar a sus candidaturas. José I. Blandón optó por Nilda Quijano, mujer evangélica colonense con trayectoria en la Zona Libre de Colón y el puerto de Manzanillo, inicialmente levantando expectativas sobre su potencial para ganar un buen porcentaje del voto colonense y tal vez el de su grupo religioso también. Sin embargo, llegaron las elecciones y – porcentualmente – esta fue una de las provincias en las que peor le fue a Blandón; no hay datos oficiales por religión ni sexo, así que no podemos hacer un análisis sobre sus resultados con el electorado femenino ni evangélico. En el caso de Nito Cortizo, se decía que el vicepresidente electo Gaby Carrizo lo ayudaría a sumar en Veraguas y entre la población joven (18-30 años), que formó el 29.9% del padrón electoral. En efecto, Cortizo se alzó con el triunfo en Veraguas, pero las últimas encuestas publicadas sugerían que Ricardo Lombana era el favorito de la juventud en todo el país (no hay data pública del Tribunal Electoral sobre los resultados oficiales desglosados por edad). Podemos analizar estos resultados en función de las teorías de representación descriptiva y sustantiva. La representación descriptiva se basa en la afiliación regional/provincial, étnica o religiosa del candidato en relación a la comunidad que representa. La teoría de representación sustantiva consiste en elegir a candidatos que comprendan tus necesidades e intereses y sean capaces de promoverlos, independientemente de sus semejanzas o diferencias descriptivas con su electorado. Tras el 5 de mayo, no queda tan claro cuán fuerte es la relación (o si es de causalidad) entre elegir un compañero de fórmula de una determinada comunidad y ganar la mayoría del voto de dicha comunidad.

El autor es estudiante de Ciencias Políticas en Brown University 


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