Un día cualquiera, subiendo al medio de transporte que me lleva hasta mi casa, me encuentro con que el “secretario” de aquel bus no era mayor, tal vez, de 15 años, con un aire de haber vivido más de lo que su edad permitiría, un cabello pintado de alguna mezcla de amarillos y un vocabulario que armonizaba con su medio. Una de las primeras preguntas que vino a mi mente: ¿Estará en la escuela en la mañana o habrá desertado? Luego: ¿Su familia lo estimulará para que se forme, en algún futuro, como un profesional? Dudas que quedarán en mí sin respuestas; sin embargo, pensé cómo en el Panamá de hoy se ponen absolutamente todas las esperanzas en la juventud de una forma tan ciega y poco estructurada, ignorando realidades cuyas resoluciones son menester obtener para creer con toda convicción que un país mejor llegará.
No es un misterio para nadie que se aprende de los ejemplos de aquellos más grandes; entonces, sociedad: ¿Qué ejemplos les das a los hombres y mujeres del mañana? Desde mi perspectiva, veo cómo resaltan los siguientes: la intolerancia, hay temas que mueven creencias, sentimientos y pasiones, estos son llevados a discusión pública y es difícil encontrar un debate de altura donde no se lean párrafos y párrafos de odio, comentarios de mal gusto, insultos que ningún aporte hacen a las mentes jóvenes que se interesan por la actualidad.
¿Dónde quedó la formalidad?, me pregunto. No nos permiten olvidar el famoso “juega vivo”. En alguna clase aprendí que tal vez sea cobardía, y en ese momento comprendí que sí, que podía ser una posibilidad, a lo mejor la competitividad asusta al panameño y es lo que supongo al enterarme de que han pasado 9 años, aproximadamente, desde que la educación en Panamá fue evaluada y encuentro cierto esto: “La manera de despegar es sintiendo que estás quedándote atrás. El peligro es que si la gente está satisfecha no existe la exigencia social de mejorar los estándares educativos” (Andrés Oppenheimer). ¿Fuimos lo máximo al obviar la prueba por tanto tiempo? Lo dudo. Injusticias se publican todos los días, van y vienen los robos de millones, saltan en los titulares aquellos juicios sin fines concretos, se descubren nuevas trampas al sistema, honestamente, tanta innovación para burlar los procesos y reglas parece interminable, ojalá usáramos el ingenio para resolver problemas. ¡Pero qué negativo quedaría este escrito si continúo así!
Tomando en cuenta el ejemplo que cada uno de nosotros da, la falta de herramientas para la autosostenibilidad, el ahogo del intelecto cada tarde gracias a algunos programas vespertinos, es imposible que cualquier joven en los tempranos momentos del despertar intelectual no se sienta tan frustrado como impotente. Mirar hacia dentro de nosotros mismos es fundamental para resolver la pregunta que hago en este artículo. En medio de estas meditaciones solo sería válido concluir que: continuar, a pesar de todo, sería nuestra mejor decisión. “Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia”, Miguel de Cervantes.
La autora es estudiante de Medicina en la UP
