El evento más importante para el mediano plazo, para el futuro de la nación y de los panameños es, sin lugar a dudas, las elecciones generales del 5 de mayo de 2019. Por ello, resulta relevante examinar dicho proceso en el marco de su entorno político y de la expresión ideológica y política de la oferta electoral, particularmente, la presidencial. A este propósito otearemos en el pasado político panameño para procurar explicar qué nos jugamos los panameños y panameñas, sobre todo, qué significado tienen las alianzas electorales ya formalizadas, así como las mal denominadas candidaturas “independientes”.
“Entendemos por populismo en Latinoamérica (y, por supuesto, en Panamá) movimientos políticos de masas que desbordando coagulados esquemas partidarios enfrentan el poder antinacional oligárquico e imperialista sobre una base social en la cual confluyen clases con intereses distintos incluso contradictorios”. De manera que “las expresiones nacional-popular y populismo son equivalentes, en la primera se acentúa la necesidad táctica de considerar los rasgos positivos del movimiento en su carácter antioligárquico y antiimperialista; en la segunda se acentúa la necesidad estratégica de denunciar la imposible conciliación de clases que lo inspira”. Adicionalmente, dichos movimientos son encabezados por líderes carismáticos, procedentes de la pequeña burguesía o de las capas medias de la sociedad. Descartamos, por tanto, las concepciones que hoy formulan la existencia de populismo de izquierda y populismo de derecha, por constituir una antinomia.
Mientras que la oligarquía se define como el conjunto de personas unidas por vínculos familiares y de negocios, generalmente, pertenecientes a una misma clase social. Con las excepciones antes mencionadas, la oligarquía ha gobernado el país durante 58 años del ciclo liberal del ancien régime y 29 años del período neoliberal pos invasión.
En Panamá se han sucedido tres procesos populistas, el primero, encabezado por el líder popular liberal, doctor Belisario Porras, en la segunda década del siglo pasado, el cual se caracterizó por la construcción institucional e infraestructural de la República. El segundo fue el del doctor Arnulfo Arias (1940-41), que llega al poder en una nación donde “72 personas naturales o jurídicas eran dueñas de 6 millones hectáreas de las 8 millones de hectáreas que tiene la República”, de allí que en su primer mandato “nacionalizó el comercio”, constituyó el “patrimonio familiar”, creó el Seguro Social y resistió la instalación de bases militares estadounidenses durante la “Segunda Guerra Mundial” en el territorio nacional. El marcado carácter racista de la Constitución de 1941 desvirtuó en parte el proceso social populista del arnulfismo. El tercer movimiento nacional popular fue dirigido por el militar Omar Torrijos Herrera, que dejó como legado la modernización del Estado panameño, la democratización política -entendida esta como la participación de sectores populares y de capas medias en el ejercicio del poder político del Estado- el rescate de la soberanía nacional y del Canal, con la negociación de los Tratados del Canal de 1977, mejor conocidos como Torrijos-Carter. Todos estos procesos populistas se describieron por su enfrentamiento, de una manera u otra, tanto a la oligarquía nacional como al imperialismo estadounidense y tuvieron como colofón que fueron oligarquizados por fuerzas antipopulares y antinacionales.
¿Qué define el presente político y a las fuerzas electorales que se enfrentarán en las elecciones del próximo mes de mayo? En el torneo electoral se retarán, lo más probable, siete alianzas proselitistas o candidatos presidenciales, a saber, por libre postulación, Ana Matilde Gómez, Marco Ameglio y Dimitri Flores. Por la coalición CD/Alianza, Rómulo Roux; por la unión PRD/Molirena, Laurentino Nito Cortizo; por el FAD, Saúl Méndez, y por “movimiento Panamá podemos” integrado por los partidos Panameñista y Popular, José Blandón Figueroa. A excepción de Méndez, que se propone llegar a la presidencia de la República mediante la “dictadura del proletariado” y “refundar el Estado” por una constituyente originaria, las otras candidaturas son “convoyadas” por poderes fácticos o fracciones de la burguesía neoliberal. De estas “ofertas electorales” pro oligárquicas, solo la coalición “Panamá podemos” de Blandón Figueroa se ha decantado por la convocatoria de una constituyente.
Sin embargo, podría darse la situación de un candidato presidencial que renuncia a ser rehén de la oligarquía corrupta y antinacional y originar un movimiento nacional popular para transformar la República hacia un Estado Social Democrático de Derecho. “Amanecerá y veremos”. ¡Así de sencilla es la cosa!
El autor es abogado