El manejo del Parque Nacional Coiba (PNC) sufre de un exceso de complejidad que no permite avanzar concretamente en generar pequeños logros que evidencien los beneficios y servicios ambientales que puede y debe generar el parque, y de los que tanto se habla. La gestión del parque evoca el refrán popular “mucho ruido y pocas nueces”.
Por más de una década las oenegés nos hemos dedicado a hacer planes, el Gobierno a mantener una gestión mediocre, mientras la gente alrededor del parque se mantiene al margen del mismo.
La gobernanza del parque es tan compleja que la gestión institucional consume gran parte de las energías, sin que los resultados de esa gestión sean evidentes.
Ciertamente no han prosperado megaproyectos que amenacen el parque, pero tampoco ha habido dinámicas de apropiación local que lo integren a procesos más amplios de desarrollo.
A falta de una política pública clara de desarrollo sostenible integral, la gestión en el PNC, lo mismo que mucha de la gestión ambiental en el resto del país, se ha traducido en una dedicación excesiva de energía a largos y complejos procesos de planificación, que agotan las fuerzas y los recursos para la posterior fase de implementación.
El proceso del plan de manejo del PNC fue largo y complejo; humildemente pienso que habría sido más eficiente concentrar los esfuerzos en implementar aspectos concretos de manejo y no abocarse a elaborar otro megaplán, sin que esto implique desconocer las posibles ventajas de un plan de uso público (PUP).
Las respuestas a algunas preguntas sencillas podrían darnos luces sobre esto. Más de una década después: ¿cuánto tiempo tomó sacar las vacas salvajes de Coiba? ¿Cuántas nuevas tesis de maestría y doctorado de investigadores panameños se han elaborado sobre los recursos naturales, culturales e históricos de Coiba? ¿En qué porcentaje ha aumentado el número y formación técnica de guardaparques? ¿Cuántas nuevas patentes hay registradas o en proceso producto de investigaciones locales de biomedicina y biotecnología en el PNC? ¿Cuántos negocios comunitarios en la costa han prosperado en torno a la pesca responsable y visitación al PNC?
La estructura de gobernanza que se ensayó al momento de proponer la ley del parque en 2004, mea culpa, aunque bien intencionada, ha demostrado ser difícil de operar, también por su complejidad. Una lección aprendida es que adicionar capas de órganos de gobierno para blindar el área, no necesariamente suma a un manejo más eficiente.
Si bien las distintas instancias de gobierno del PNC y su área marina han logrado un impacto significativo en frenar desarrollos incompatibles, han sido poco efectivas en generar procesos de apropiación e involucramiento local, no solo en el manejo mismo del parque, sino principalmente en cuanto a pensar, diseñar e implementar desarrollos costeros compatibles a los cuales el PNC debe aportar. Esa vinculación área protegida-desarrollo local es difícil y costosa, razón por la cual seguramente es un tema sobre el cual abunda la teoría y escasean los ejemplos, al menos en nuestro país.
El manejo en el PNC evidencia la inexistencia de una política pública y programas integrales de desarrollo, conservación, turismo y ciencia. Es muy probable que los múltiples artículos y reportajes nacionales e internacionales sobre las riquezas del PNC han aportado más a consolidar un turismo y actividad científica de élite, que a una pesca sostenible y a la creación de ecocircuitos locales.
No es realista, ni sostenible, pensar que el parque se destine a la visitación de grandes masas, pero sí es posible pensar un futuro en el que tener la experiencia de Coiba sea accesible a más personas amantes de la naturaleza. El PNC es un recurso natural único del país y sitio de patrimonio mundial catalogado como una joya del Pacífico. ¿Lo conoces?
La autora es abogada
