Confieso que he meditado sobre escribir o no este artículo. Un amigo de muchos años me conminó a que lo hiciera, es más, me advirtió que era mi deber, mi obligación hacerlo y allí vamos; sin dudas, me convenció. Mi preocupación era y es que algunos dirán qué hace un magistrado escribiendo al respecto y no sobre la administración de justicia.
Mi provincia, Los Santos, se derrumba y pareciera existir un silencio cómplice de todos y no es justo esperar que se convierta en otro Colón, para luego buscar culpables y que las soluciones se presenten demasiado tarde.
No es asunto subjetivo o de mera querencia, son vivencias reales. Mi provincia era y es, una provincia bella, moralista, divertida, trabajadora, deportiva, progresista y con un campesinado laborioso y de avanzada. Siempre hubo conflictos de drogadicción, pero eran contados los jóvenes y adultos que se dedicaban a tales menesteres, pero se trataba del consumo de marihuana, para lo cual los arriesgados se ocultaban en las riberas de nuestras hermosas playas, ríos y caminos rurales vecinales a efectuar el consumo del cannabis.
Todo ha variado, hoy se habla de coca y marihuana envueltas en grandes caletos en pueblos hermosos y que antes eran nobles, como Sábana Grande, Aguabuena, La Honda, Chumajal, playa La Candelaria en Pocrí, amén del cuantioso lavado de dinero por familias que de la noche al amanecer y sin heredar se han vuelto adineradas y los vecinos se cuestionan, ¿este de dónde obtiene dinero si no ha heredado, si sus padres eran de estratos sociales humildes? Y lo curioso, confeccionan listas de los nuevos ricos nacidos de la noche a la mañana.
Sin duda, el narcotráfico se está trasladando a las costas azuerenses y ello es explicable, disminuyen los riesgos de captura con relación al Atlántico. Esto era impensable que pasara en la tierra de las mujeres bellas.
La inmigración santeña interna hacia la ciudad de Panamá en la magnitud de hoy era impensable, galopa a pasos de gigantes, nuestra población local ha envejecido, los jóvenes se fueron del lecho. Las calles de nuestra provincia se encuentran vacías, excepto para épocas festivas y tiempos de diversión.
Las canas de los ancianos pululan en las esquinas de mi pueblo natal La Villa de Los Santos, la juventud se fue y es entendible, los jóvenes se gradúan de ingenieros industriales, pero las industrias no existen o de administradores de empresas, pero no hay empresas que administrar, sin contar los salarios de hambre existentes, aun cuando el costo de la vida es alto, aunque menos que en la ciudad capital.
Hace tres (3) años visité la comunidad del Capurí, distrito de Los Santos, solo un estudiante, un niño, adornaba el aula escolar y atendido por un maestro nombrado para tal función, a Dios gracias el Estado sabiamente entendió que esa criatura tiene derecho a educarse y que la educación es un derecho fundamental amparado por normas constitucionales.
Cuestioné sobre por qué un solo niño en las aulas escolares y la respuesta fue didáctica, - la juventud de este pueblo se fue-.
En Los Santos no hay grandes empresas, con excepción de las agrícolas, tampoco existen grandes industrias, el agro y la ganadería subyacen, ya no se observa la gran producción de tomates ni la gran producción lechera, la mano de obra agrícola escasea, solo queda la mano de obra envejecida, los jóvenes abandonaron el agro y a sus padres en tan dignas y honestas labores, la causa, la agricultura y la ganadería han dejado de ser rentables.
Nuestras hermosas y bellas playas están inexplotadas y escasea la presencia humana; también, el buen desarrollo económico.
Necesitamos políticas gubernamentales de desarrollo en materia turística, económica, empresarial, seguridad y defensa nacional, fortalecer la Policía, antes de que sea demasiado tarde, y sobre todo, mirar el agro con luces largas antes de que haga crisis total.
Los carnavales producen desarrollo económico, pero también traen vicios de corrupción.
El autor es magistrado del Tribunal de Cuentas.