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CHINA

Regímenes políticos

Mi participación en un simposio sobre política internacional en Changsha, China (25-26 de octubre), me induce a reflexionar sobre la naturaleza de los regímenes políticos, su impacto social y su relevancia para la paz mundial, asuntos que atraen atención desde tiempo inmemorial.

Aristóteles (384-322 a.C.) formuló la tipología clásica para catalogar los sistemas políticos. En la actualidad, al más alto nivel la ciencia política los agrupa en dos categorías: democráticos y no democráticos.

La democracia directa, practicada en la antigüedad, no era bien vista por los clásicos. La democracia moderna —representativa o indirecta— fue perfilándose cuando el principio de soberanía popular, ampliamente difundido a partir de las grandes revoluciones en Norteamérica y Francia, se enlazó con las normas liberales de protección a los derechos individuales; con instituciones republicanas, como la separación de poderes; y con prácticas centenarias, como la representación política y las elecciones periódicas.

En la actualidad, se valora a la democracia representativa como el régimen más deseable. Sus rasgos esenciales, según Levitsky y Way (2002), son cuatro: 1) la selección de gobernantes en elecciones libres y justas; 2) el sufragio universal; 3) el respeto a los derechos civiles y políticos; 4) la autoridad de los líderes elegidos para gobernar sin que se lo impidan otros “actores” no elegidos (jefes militares, dirigentes religiosos, grandes empresarios).

Según los indicadores internacionales, Estados Unidos y Panamá son países democráticos, pero ni allá, ni acá, ni en ninguna otra parte funciona a la perfección la democracia. Las principales imperfecciones de nuestro sistema político guardan relación con el clientelismo y la corrupción en los procesos electorales; el irrespeto a los derechos individuales y sociales; la creciente preponderancia de los organismos militarizados de seguridad; y la influencia desproporcionada de los grandes intereses particulares en la toma de decisiones que conciernen a la comunidad (algo que también ocurre en Estados Unidos).

Si en Panamá y Estados Unidos la democracia es insuficiente, en China es inexistente. Nunca tuvo el pueblo chino un sistema democrático hasta 1992, cuando se transitó a la democracia en Taiwán, “provincia rebelde”, a juicio de Beijing y, para Taipei, legítima representante de la nación china. Con esa democracia rompimos relaciones diplomáticas en junio de 2017 para instaurarlas con China, cuyo gobierno no es democrático.

Según Linz y Stepan (2004) hay varias clases de regímenes no democráticos. Las dinámicas políticas actuales en China manifiestan rasgos asociados a dos tipos de sistemas no democráticos: el post-totalitarismo y el autoritarismo.

Entre los aspectos post-totalitarios, se mantiene el gobierno por el Partido Comunista Chino, el único al que se le permite operar, fundado y consolidado en tiempos revolucionarios, de cuya burocracia emana la actual dirigencia, escogida sin intervención popular. Se proclama oficialmente la ideología de ese partido y persiste el culto a la personalidad de su líder histórico, pero ya nadie presta atención al discurso revolucionario.

La permanente movilización de la población por el único partido —mediante manifestaciones, marchas y mítines multitudinarios, entre otras actividades— dejó de ser parte de la cotidianidad china, como lo fue durante la dictadura de Mao Zedong (1949-1976).

La prioridad no es ya la revolución, sino el crecimiento económico y el posicionamiento de China como gran potencia mundial, para lo cual fue necesario aminorar el totalitarismo, permitiendo una medida de pluralismo en el ámbito social y en la órbita económica. El proceso de apertura, como es sabido, comenzó 40 años atrás, en 1978. En la esfera política, sin embargo, persiste una férrea concentración de poder, como ocurre bajo gobiernos autoritarios.

¿Qué implicaciones tienen, para las relaciones internacionales, las formas de gobierno que presentan los países? Según la idea de la paz republicana, liberal o democrática, respetable tradición intelectual que se remonta a la publicación del ensayo Sobre la paz perpetua, de Immanuel Kant (1795), los Estados democráticos se llevan mejor entre sí y crean entre ellos una zona de paz y prosperidad.

Esta noción, corroborada empíricamente una y otra vez, debería constituir parte fundamental de nuestra política exterior. No lo es porque quienes la dirigen no tienen la menor idea de quién fue Kant, de qué consiste el republicanismo y qué plantea el liberalismo. Solo sirven para irse de viaje, cobrar viáticos y creerse los cuentos chinos que les relatan sus anfitriones.

El autor es politólogo e historiador y director de la maestría en Relaciones Internacionales en FSU, Panamá.


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