Cualquier escuela de pensamiento, ideología o sistema político que determine la hoja de ruta a partir del 5 de mayo, correrá por cuenta de nosotros mismos. Es hora de colocar la responsabilidad en cada uno y no como de costumbre, culpando a los ilusos potenciales beneficiarios del clientelismo, ocultos tras una conversación de cafetería, que piensan entre otras cosas, que su voto les abrirá oportunidades personales, influencias, becas para sus hijos o algún trabajito por tener la palanca
En realidad esto no es normal, se llama corrupción, no importa el color que matice la justificación. Una y otra vez desorientamos nuestro voto hacia quienes “podrían” generar un desarrollo inclusivo en un gran país como el nuestro, en donde lo normal es que la tasa de retorno de ese voto perdido, termina siendo igual o menor que cero. ¿Cómo votar por aquellos que demostradamente han sido incapaces de manejar la cosa pública y promovido sistemas políticos/ financieros corruptos? O que tienen casas de playa, tierras, fincas de recreo con el dinero que debía ser destinado a eliminar escuelas rancho en las comarcas, dotar de medicamentos básicos a puestos de salud rural, vialidad y aceras para conectar la ciudad con la gente?
Maldecir al presidente de turno al estar en un tranque por la incapacidad demostrada de quienes ocupan cargos no por formación, sino por metraje político, son la manifestación de un problema estructural que nosotros mismos generamos con nuestras decisiones cada periodo electoral. La llamada pseudoclase del sistema político la elegimos nosotros, no surge por generación espontánea.
Pero seguimos votando por aquellos que empobrecen nuestra dignidad, y vuelven esa misma pobreza de la hoja de zinc y el tanque de gas su principal activo capitalizable y su caudal político. Leo el sentir de algunos pensadores y pensadoras no fanatizados, que no creen en el deja vu discursivo y trasnochado de aquellos candidatos que dicen mesiánicamente “ yo sí soy el que soy” , lo que me hace reflexionar sobre cuál es el cambio que propondremos para el país que merecemos todos y todas.
Es cierto que estamos ante el potencial de reingeniería de todos los sistemas y la gobernabilidad democrática de este país, ya en abierto cataclismo, pero, ¿qué tan conscientes estamos siendo los panameños y panameñas de este momento decisivo y punto de inflexión en la historia política republicana? Las oportunidades nunca se pierden, alguien siempre las aprovecha.
Desde la sicología pensaríamos que estamos harto cansados de la infidelidad política y de cómo se expande el maltrato burlesco de quienes de tanto repetirse una mentira la han vuelto la verdad que solo ellos la creen, apoyados en una sociedad mediatizada en la que la repetición se vuelve demostración, todo ante los ojos de una población resiliente que prefiere adaptarse al clima político y caminar al despeñadero.
Sociológicamente, cabe repreguntarnos, en lugar de qué estamos haciendo, quiénes estamos siendo como panameños y panameñas para que nuestro voto promueva el cambio que queremos ver en el Panamá de nuestros sueños. Con esta visión de futuro cercano, el adjetivo calificativo corrupto y corrupta ya no generará más adaptación en la población, porque los abucheos en lugares públicos reemplazarán el culto venerado de quienes con aura de creer ser lo que no son, se pavonean suntuosamente entre quienes ya no les verán el aparente brillo del oro, que produce un centavo bien niquelado.
Hoy estamos frente a una valiosa oportunidad de demostración. Para quienes el voto los premie por haberlo hecho bien, no hay nada que temer, de lo contrario, aguanten su guaqueo y bienvenidos a la contienda.
El autor es doctor en sociología.