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OPINION

Sábado Picante

Si al morir soy llevado ante el Creador para que me juzgue por mis actuaciones en la vida terrenal, quisiera tener de mi lado –como defensa técnica– al equipo de abogados de Martinelli, quienes pondrán en duda razonable no solo mis propias palabras y mis actuaciones -con el fin de prolongar hasta la eternidad mi juicio- sino que tendría la esperanza de que Dios me absuelva de mis pecados y sean ellos los juzgados por hacerle perder el tiempo.  El juicio de Martinelli empezó  años atrás, pero su imaginaria gira por varios países para denunciar su alegada persecución política lo detuvo hasta junio pasado, tras un año de pelear su extradición.

En comparación, uno de los hombres más poderosos de Brasil, el magnate Marcelo Odebrecht, fue capturado el 19 de junio de 2015. Su sentencia condenatoria la escuchó –junto a sus 22 abogados–  el 8 de marzo de 2016: 8 meses y 21 días le tomó al juez Sergio Moro condenarlo a 232 meses de prisión. En Panamá, el exgobernante, que casi duplicó el número de sus supermercados durante su período presidencial, llegó a Panamá el 11 de junio pasado, aunque todo el proceso judicial en su contra empezó en 2015, justamente el año en que inició -y terminó- su gira internacional con una sola escala: Miami.

Pues bien, cuando yo esté rindiendo cuentas por mis pecados, quiero que Carrillo demande la inconstitucionalidad de los 10 mandamientos; y pediré a Sittón que ponga en duda la legitimidad de Dios para juzgarme. No puede ser que mi creador también me juzgue. Eso va contra mis  derechos humanos. Dios de ningún modo puede ser juez y parte. Eso seguro que va contra el debido proceso. Además, le pediré a Holanda Polo que me consiga una celda en el cielo, y a ver si consigue que San Pedro pueda trabajar para mí como mayordomo, porque eso de ir a una celda al infierno, eso es violar la Biblia, puesto que yo no he sido condenado.

Ahhhh, se me olvidaba. Y ya que en la Tierra son muy dados a crear  bochinches, le pediré a Camacho que sea mi vocero celestial y les advierta que desde el mismo infierno los demandaré. Tendrá que ir al Vaticano y pedir mi inmediata beatificación y canonización. Que le pregunte al papa de turno cuánto cuesta obviar todo ese proceso tan largo para ser declarado santo. Quiero la foto de una estatua mía, en pose de santo, a fin de que Jehová vea que el mismísimo papa me idolatra. Eso ayudará en mi caso, si es que hay uno en mi contra, porque advierto, por enésima vez: yo soy más santo que la monja… Esa no… hablo de Teresa de Calcuta.

El problema va a ser cómo saldar mis cuentas con esta gente. Bueno, Dios tendrá que pagarles, después de todo, yo soy hijo de Él también. Así a Él le mandaré las facturas.


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