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OPINIóN

Sábado picante

¿Cuál es el deporte nacional de los hombres en Panamá? Pues, orinar en la calle. Cada día se hace más común esta práctica, pese a que tiene castigos previstos en la ley. Hace no muchos años, una persona con esa necesidad entraba a un restaurante o un bar y allí, en privado, aliviaba su momentánea penuria. Pero hoy debe haber una enfermedad que obliga a los hombres a detenerse en calles y carreteras, y ahí, frente a quien sea –usando su espalda de mampara–, vacían su vejiga sin recato alguno.

He visto policías sin que ello les llame la atención, a pesar de que la mayoría de los que sufren estas urgencias son los que liban licor, que, además, les da el valor para hacer lo que no harían sobrios. ¿Por qué las personas hacen esto? Estas faltas al pudor pueden considerarse pequeñas. No faltará el que, sorprendido en el acto, se defienda alegando que hay cosas más graves pasando y los responsables no son castigados. Se victimizará diciendo entonces que la Policía se ha ensañado con él.

Pero la verdad es que aquí ni paga el que orina en la calle ni el que roba millones. La certeza del castigo no existe. Y este es el corazón del problema. Veamos: en Alemania no hay límite de velocidad en la carretera, pero hay sanciones ejemplares para quien rompa la ley, como conducir borracho. Y es precisamente en Múnich donde se celebra el Oktoberfest, una larga fiesta en la que la cerveza es la protagonista. ¿Se imaginan una fiesta en Panamá sin límite de velocidad y gente orinando donde quiera? La diferencia entre Panamá y Alemania es, precisamente, la certeza del castigo. Es la que pone a pensar al más ebrio de los alemanes si corre o no el riesgo de romper la ley.

Pero en Panamá necesitamos de un ejército de policías para que nos vigilen a fin de evitar que convirtamos las calles en orinales públicos. Y eso pasa porque aquí no hay castigo. El que comete una falta o delito está convencido de que, pase lo que pase, no habrá sanción, gracias a la impunidad que compran los sobornos. Y siempre hay alguien dispuesto a recibirlos, porque ese alguien está seguro, a su vez, de que si es descubierto, tampoco sufrirá ninguna consecuencia. Así que, o nos acostumbramos al nuevo paisaje o cambiamos. Y el cambio debe empezar en casa. La certeza del castigo nace en el hogar: hay reglas, y los hijos no necesitan de nuestra presencia para cumplirlas, porque si las quebrantan y nos damos cuenta, el castigo será –o deberá ser– inmediato y ejemplar.

Si permitimos o ponemos a nuestros hijos a orinar en la calle, que no nos sorprenda si un día, ya adultos, son acusados de robar millones. Fuimos nosotros –y nadie más– los que les permitimos o enseñamos con nuestro ejemplo que quebrantar la ley no tiene consecuencias.


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