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Sábado picante

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A lo largo de la carretera Interamericana, es notable la cantidad de puentes elevados construidos para uso peatonal. Pocos países del área cuentan con esta facilidad, que busca que las personas no perezcan atropelladas por los vehículos que circulan por esta arteria nacional, que une a Panamá con el resto de la región. Pero también es notable la cantidad de corazones azules esparcidos no solo en las cercanías de estos puentes, sino debajo de estos. Y ello se debe no solo a la falta de conciencia de las personas que ignoran estas obras, sino también de las autoridades. Y paso a explicar por qué.

Estos puentes peatonales no se construyen en mitad de la nada; normalmente están en el centro de los poblados que aparecen a medida que se construyen carreteras, algo que los gobiernos no deberían permitir, justamente para evitar accidentes con peatones. No obstante, ya no hay nada que hacer. Lo que ocurre es que si un conductor sobrepasa el límite de velocidad en estos poblados, al policía de tránsito no le tiembla la mano para multarlo. En cambio, no hay castigo pecuniario para el peatón que deliberadamente decide cruzar la vía debajo del puente o a pocos pasos de este.

La consecuencia de esto es que los gobiernos gastan millones de dólares que son, literalmente, tirados a la basura, porque el peatón le saca la lengua a las autoridades. Y es que no hay quien los obligue a usar estas obras, construidas para su beneficio. He visto a padres de familia cruzar los cuatro paños de la Interamericana acompañados de niños pequeños que cargan sus pesadas mochilas escolares. Y lo he visto frente a agentes de tránsito, más preocupados por multar a los conductores.

La Interamericana es una vía por la que transitan no solo los vehículo locales, sino también una enorme cantidad de camiones y vehículos extranjeros. Hace más de 30 años –con solo dos carriles– la velocidad máxima era de 80 kph. Hoy, con el doble de carriles, la velocidad máxima en la mayoría de los tramos de la carretera sigue siendo 80 kph y 60 kph. Increíblemente, ahora se tarda más en llegar al destino que antes, porque, en vez de avanzar, retrocedemos por la falta de capacidad de directores del Tránsito, que viajan por estas carreteras en carros del Estado a altas velocidades, con sirena y luces de escolta, obligando a otros a hacer lo que ellos inventan y que ellos se niegan a cumplir. Es la ineptitud a su máxima expresión.

Las reglas del tránsito no solo deben regir para el que conduce un vehículo, sino para aquellos a los que el Estado les destina millones de dólares en obras dirigidas a salvar sus vidas. La solución no es convertir en una gran peatonal la arteria más importante del país, sino hacer cumplir –a conductores y peatones– las leyes que rigen, o deben regir, para ambas partes.

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