Sábado picante

Hay gente que no le importa cómo salta a la fama. La cosa es ser famoso. A otros, cómo entrar a la historia. Henry Morgan, por ejemplo, ingresó a esta no solo por ser pirata, sino por mentiroso y asaltante. Su carrera delincuencial fue premiada por el rey Charles II con un título nobiliario, aunque de nobleza, ni sus calzones. En el Panamá de hoy, los piratas empiezan como Morgan, y después de un tiempo, esperan –al igual que él– que les llamen por su equivalente en español: don (o sir en inglés).

Reclaman ese derecho no por nobles, sino porque tienen un bolsillo profundo del que desborda sus malolientes fortunas, razón suficiente para que sus lacayos –que evidentemente sufren de anosmia– los llamen don Pipo, don Ricardo, don Vito, etc. Dones, pues, pero sin más don que acumular riqueza y poder. Estos dones descubrieron que se puede hacer y ser ambas cosas ejerciendo el oficio de político, que además, le dan fama, mala, pero fama, al fin y al cabo.

Conozco a tres que entraron a la historia, y a su muy particular manera: Roberto Tejeira, Arlene Caballero y Raúl Vergara, jueces que difícilmente serán recordados como el abogado puertorriqueño Rafael Martínez Nadal, quien también llegó a ser ilustre miembro del Senado de su país, incluso, su presidente. Esos jueces criollos, si alguna vez se quedan sin plata o trabajo, pueden recurrir a los votos de nuestro muy sabio pueblo, que seguramente los encumbrará en el más exclusivo club de Panamá: la Asamblea Nacional, convirtiéndose en sus distinguidos socios, tal como Benicio, Wever o Afú. Es  el caso de un ilustre desconocido… hasta ahora.

Abel Beker Ábrego, conocido en Bocas del Toro como sindicalista y político, saltó a la fama nacional por mentiroso. Sí, por mentiroso. Ante sus colegas, confesó que “a nosotros los políticos nos señalan que somos mentirosos, y es verdad, tenemos que decir algunas cosas para convencer a los electores para poder llegar a este puesto”.

La cara de este hombre fue moldeada en hormigón para pavimento. El nuevo taquillero  prometió cosas que hacerlas no dependía de él, sino del Gobierno. O sea, “una cosa es lo que se propone con la intención de cumplir –dijo– y otra cosa es lo que en verdad al final se pueda lograr”.  Así que usó sus buenas intenciones para convencer a su circuito de exaltarlo  al Olimpo, donde sus divinos colegas le reprocharon haber dicho la verdad, pues los que allí habitan no dicen semejantes cosas.

Y porque la intención de Beker fue buena, hoy camina con la frente en alto, con la escasa moral que se necesita para confesar su pecado y luego dar gracias a Dios por los votos de sus electores. Se ganó su título, don Abel: tiene usted los mismos atributos que hicieron merecedor a Henry Morgan de ser caballero de la Corte británica.

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