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Sábado picante

La Constitución es un conjunto de normas que garantiza nuestra convivencia y nuestras libertades y derechos. Dejar que los políticos hagan una tarea que es de la sociedad en su conjunto es  nuestra mayor irresponsabilidad. Está probado que los políticos de nuestro país –no todos, pero sí la mayoría– solo buscan garantizar su propia convivencia, libertades y derechos. Y sus objetivos se reducen a dos: riqueza e impunidad.

Es la nueva forma de monarquía: una colegiada, en la que nosotros pasamos de ser sus jefes a ser sus súbditos, sin derecho a exigir que nos rindan cuentas, pues esta casta política se trepa por encima de cualquier ciudadano. Que ellos  hagan lo que nos corresponde hacer  como sus superiores es garantizarles más poder. Declinamos voluntariamente nuestros derechos a su favor.

Veamos cómo renunciamos a exigir rendición de cuentas a los que nos gobiernan. Todos los ciudadanos –sin excepción– debemos responder por nuestros actos ante fiscales de la Procuraduría General de la Nación. Pero nuestros diputados no. Ellos actualmente los investiga la Corte Suprema de Justicia y, si se aprueban sus reformas,  lo haría el Procurador General de la Administración. ¿Por qué? ¿Acaso esto no es un privilegio?

Los diputados también introdujeron un artículo que les daría poder sobre quien los investigaría, tanto a ellos como a su círculo delictivo: ambos procuradores. La Asamblea nombraría, según las reformas, un “fiscal especial” (un súperfiscal), cuyo único objetivo sería investigar a sus investigadores. Nadie podría destituir a este funcionario, salvo ellos, la Asamblea.

Tal nombramiento supone una medición de fuerzas: “Si tú [Procurador],  me investigas, yo [Asamblea] te investigo”. Una espada de Damocles  suspendida sobre las espaldas de ambos procuradores. Efecto absoluto: impunidad. 

Frente a este escenario, ¿no debemos ser los ciudadanos –los jefes de esa pandilla que pretende despojarnos– los que deberíamos poner  freno a esa desmedida hambre de poder y riqueza? ¿Renunciaremos a nuestros derechos en favor de una casta que no duda en ponerse   por encima de todos nosotros? Si lo hacemos, no lloremos por renunciar a ser ciudadanos y convertirnos, voluntariamente, en los súbditos de la toda poderosa “monarquía política”.


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