“Papá, las sectas religiosas europeas del siglo XVIII daban miedo, derramaron demasiada sangre, ¿por qué lo hicieron?”. Le preguntó Carlos a su padre mientras en sus manos sostenía el Tratado sobre la tolerancia de Voltaire. Hijo, te has equivocado de culpable; los hombres son los verdaderos autores de todos los derramamientos de sangre que mencionan a lo largo de nuestra historia, y los verdaderos impulsadoes de semejantes salvajadas han sido el irraciocinio, la intolerancia y la ausencia de la libertad.
No tenemos que irnos lejos cuando en nuestro país se vive un ambiente de violencia y temor por las mismas causales de hace tres siglos en el pasado, estamos experimentando los efectos colaterales de una recesión económica y la frustración de muchos ha creado un ambiente donde sentimientos como la ira hacen presencia desmesuradamente. En la V Encuesta de Victimización de nuestro país resultó que el 82% de los encuestados considera a Panamá inseguro, donde de los delitos reportados solo el 2% son por violencia física y verbal (cabe definir violencia como el uso de la fuerza para conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponer algo), pero sabemos que el porcentaje es mucho mayor y que los delitos no son reportados, mejor dicho, no se consideran delitos; dejándonos con la conclusión de que estamos acostumbrados a la violencia como parte de nuestra cultura.
Pero afrontar este fenómeno es el deber que tenemos todos como ciudadanos; es la única salida que tenemos para poder generar cambios en nuestro país, pero ¿cómo?
Dejando a un lado la imposición y aprendiendo a empatizar con todos aquellos que nos rodean, entender que cada persona tiene una vida y experiencia diferente y el juzgarla está mal, al igual que está mal querer cambiarla; y para esto es necesario respetar la individualidad de cada persona.
Y menciono esto porque el fijarse en la vida ajena es una actitud presente en nuestra cultura (lo cual crea innumerables malentendidos), al igual que la imposición de pensamientos al punto de utilizar la fuerza para lograr el cometido y no está de más mencionar el acoso callejero que vivimos en nuestras calles o la agresividad de los conductores que no logran controlar sus emociones, y quedan sin mencionar muchos otros problemas que afrontamos.
Y toda esta intolerancia concluye en males como el racismo, xenofobia, sexismo, homofobia, intolerancia religiosa, intolerancia política, entre otras.
“Más vale usar pantuflas que alfombrar el mundo”, dijo Buda.
En general tenemos una mentalidad cerrada, esperamos que las personas hagan lo que nosotros consideramos correcto y no empatizamos en que su perspectiva del mundo es diferente a la nuestra. ¿Cuántos no han escuchado en conversaciones que algunos estudiaron su carrera porque sus padres los obligaron, que se inició una pelea porque a alguien no le gustaba lo que el otro pensaba, o que su jefe les impone un modus operandi protocolar incómodo en el trabajo?
Como estas historias, hay muchas que atentan contra la individualidad; cada persona es libre de la toma de decisiones que haga con base en su vida, sea su carrera profesional, su lugar de estudio, sus hábitos alimenticios, sus bienes adquiridos, e inclusive, su oportunidad de pertenecer al mercado y a cuál pertenecer, entre otras decisiones de su modus vivendi.
El respetar la individualidad es aquello que nos permitirá crecer como sociedad.
El autor es miembro del Círculo Bastiat de la Fundación Libertad