El conflicto entre las necesidades humanas y la vida silvestre es quizás una de las mayores tragedias de nuestro siglo. Nuestra cultura antropocéntrica, y la creencia arraigada de que el hombre ha sido llamado a poseer a la Tierra y a sus “bestias”, nos han llevado a devastar bosques milenarios y a extinguir especies irrepetibles, todo, bajo la bandera de nuestro inmenso amor por la humanidad.
Pero, ¿qué es el ser humano, sin la tierra bajo sus pies? Cadáveres sin duda, y el planeta, un enorme desierto con ríos de lodo.
El escenario más reciente de este conflicto estalla en las primeras páginas de los periódicos locales (parafraseando): “Funcionaria pide 107 hectáreas de reserva natural para una [aparente] explotación turística”.
Es en ese momento cuando los diferentes sectores, sociedad civil y administración pública, desglosan la primera pregunta del dilema: ¿qué es más importante: la vida de cientos de miles de tortugas en peligro de inminente extinción, o una comunidad desgarrada por la pobreza y el desempleo?
Pero no hay tal conflicto. Tonosí es y será, su tierra, su ganado y sus tortugas. Lo anterior, siendo criminalmente simplistas. La región se encuentra actualmente armada con bosques límpidos, valles fructuosos y especies inéditas que armarían el currículum vitae de cualquier aspirante al Tyler. Y a pesar de ello, su comunidad languidece presa de los males de la ganadería, la depredación de fincas y el turismo irresponsable.
Procurémonos ahora un poco de decencia llamando a las cosas por su nombre: una edificación, en pleno refugio silvestre, no puede ser nombrada ni sostenible ni responsable. Negar o subestimar el impacto de una construcción en área protegida, es amparar la devastación; es asentir al abandono de desechos, a los movimientos mortales de arena y a la erosión del paso incesante de maquinaria.
Esto, en el contexto de una zona de anidación de tortugas, se traduce en la obstrucción del camino de los neonatos al mar, el hundimiento de sus nidos y la desaparición progresiva de su territorio.
A partir de allí, las fichas caen unas encima de otras. Con la depredación del manglar, la arena sostenida por sus raíces cede y el mar es invitado a engullirse poco a poco el litoral; en cuestión de años, toda construcción cerca del humedal, alguna vez protegido tras su rompeolas natural, se corrompe o termina inundándose. Al unísono, toda vida silvestre dependiente de su cobijo desaparece, incluyendo peces y crustáceos.
Es entonces cuando la comunidad (también dependiente de la acuicultura), comenzará a encontrar cadáveres de peces en sus orillas. El gran filtro que proveía su mangle, purgaba el torrente de agroquímicos arrastrados por los ríos Guararé y Limón.
Y allí, esquivando esqueletos a la orilla de ostentosas cabañas, nos preguntaremos por aquella concesión, la que fue causa principal de la pérdida e infertilidad del litoral; verdugo de la única fuente de empleo de la región.
No nos engañemos con dilemas, la vida se defiende con vida. La vigilancia, defensa y monitoreo de la zona, no solo corresponde a los tonosieños, nos corresponde a todos.
La autora es abogada