La analogía que pretendo en este ensayo es aquella que identifica algunos puntos clave de los regímenes totalitaristas y las ideologías de gobernanza en la esfera laboral actual. El totalitarismo siembra una falsa necesidad de dependencia del ente que gobierna (la polis, el imperio, el Estado, el jefe): es el jefe quien tiene la razón; yo dependo del jefe, nunca al revés; no debo contradecirlo, ya que mi dependencia económica se fundamenta en lo que el jefe diga de mí. Esta categoría de las falsas necesidades, según Marcuse, son “productos de una sociedad cuyos intereses dominantes requieren formas de represión”.
Por otro lado, considerar la desobediencia como un vicio es una retórica de la cual han abusado los emperadores de un Estado y de la Iglesia. Esta misma retórica sin escrúpulos es usada por algunos “jefes”. ¿Qué se pretende? Pues, velar la capacidad racional, que no es más que la libertad individual. Y es que “el hombre ha continuado evolucionando mediante actos de desobediencia” (Erich Fromm). Estos actos de desobediencia no corresponde a cimentar la anarquía, más bien es afirmar nuestro derecho a decir que “no”.
Un régimen totalitarista convoca a observar al ser humano como una masa. Despoja al mismo de toda identidad personal: mi identidad es la del otro, me consumo en el otro. Cualquier individuo que defienda su derecho a una identidad personal es un “desobediente” y debe ser erradicado del sistema, la organización, la institución. No existe persona, sino colaboradores que persiguen una filosofía (misión, visión, valores) empresariales. La identidad es mero logo que representa a la institución. No hay cabida a salirnos del esquema: uniforman lo que por naturaleza es diverso, múltiple. “Al disciplinar a los individuos ha dejado a la totalidad indefinida la libertad de volverse, en cuanto dominio sobre las cosas, en contra del ser y de la conciencia de los hombres”. (Horkheimer y Adorno).
Es preciso considerarnos seres únicos, que conformamos una organización desde el aspecto individual. “Formo parte de la institución, mas no soy aquella”. “Tengo identidad”. “Conformo mi propia filosofía que gobierna: soy autónomo”.
Retomo la frase que da apertura a una ilustración: ¡Sapere Aude! (Kant).
El autor es médico y estudiante de filosofía