Martin Luther King Jr. dijo que tenía un sueño. El derecho a soñar, en una sociedad convulsionada, es vital. Así como él lo tuvo, también tengo mi sueño: ver a mi país libre de corrupción. Me refiero a esa corrupción que carcome no solo las bases económicas de Panamá, sino también sus bases morales.
Un país no puede ser considerado verdaderamente democrático si no se practica la transparencia. Se trata de conceptos intrínsecamente correlacionados.
La presencia de la transparencia en el deber público cumple varios propósitos. Bentham sugiere que el papel de la transparencia supone “la evaluación de los gobernantes, la rendición de cuentas, el control del poder público como una medida para limitar al poder del Estado, el fortalecimiento de la autoridad pública basado en la confianza de los ciudadanos, y la detección y corrección de errores”.
A pesar de la actual legislación que compromete a las entidades públicas a ser transparentes, con demasiada frecuencia el pueblo panameño se ve desgarrado ante un sinnúmero de escándalos. ¿Su génesis? La explotación del secretismo como mecanismo para negociar decisiones que otorgan ventajas a ciertos privilegiados.
Tan grave es el problema, que demasiada gente ya piensa que es normal que nuestros mandatarios sean corruptos. Algunos creen que es casi parte de su descripción de funciones, serlo.
Es deprimente este grado de aceptación de lo inaceptable.
¿Qué es practicar la transparencia? ¿Publicar información? ¿De qué sirve que, desde la gestión pública, se difunda información, si no es de calidad, veraz, verificable y accesible? Para lograr verdadera transparencia, se hace necesario un buen funcionamiento interno, comunicación, un sistema de medición de resultados y una misión y visión claras y compartidas que incluya una vocación de ser transparentes, y no solo de cumplir con un requisito legal.
Se requiere tener una percepción crítica con base en la formación del discernimiento a través de la educación, para comprender su importancia. No es aceptable conformarnos con una difusión a medias.
Se hace necesario saber analizar la información, y reclamar esclarecimiento e investigación si hay inconsistencias.
Estoy segura que, como yo, hay miles de panameños hartos de este sentimiento de impotencia que nos impone una situación decepcionante y vergonzosa, producto de la clara falta de transparencia que caracteriza la labor pública en no pocas ocasiones.
Estoy convencida de que, juntos, somos capaces de producir el cambio que urge, si nos lo proponemos.
Es nuestro deber ciudadano exigir una mejora exponencial en la comprobación de la eficaz administración de los recursos públicos que administran las entidades que nos pertenecen a todos. La democracia panameña debe perfeccionarse, a través de una práctica constante e institucional de plena transparencia. Es nuestra responsabilidad no quedarnos de brazos cruzados mientras nos autocensuramos y somos espectadores pasivos de actos corruptos que ocurren en nuestras narices. Somos cómplices si callamos. Ya es hora de demandar un Panamá más transparente.
La autora es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación.