Hace poco más de 100 años un físico alemán, Albert Einstein, que para ese entonces trabajaba con patentes en Suiza, se preguntaba cuáles eran los fenómenos físicos que gobernaban el universo. Mucho de su trabajo se basó en los preceptos de otros matemáticos y astrónomos, como Isaac Newton y Galileo Galilei.
Producto de su intuición, su duro trabajo y los postulados de otras épocas, desarrolló varias teorías, hoy vigentes todavía. La más relevante es su Teoría de la Relatividad, publicada en la revista Anales de Física. El concepto, desde una perspectiva sencilla, establece la relación entre dos objetos en movimiento. Es decir, todo lo que se mueve (incluyendo la luz) está en relación estrecha. Esto rompe el paradigma de que en el universo solo hay absolutos y que este no cambia.
Este escrito es para analizar si es posible aplicar esa teoría en la vida cotidiana, en nuestras relaciones. Hasta Einstein tuvo que relacionarse con otros científicos para demostrar su tan anhelada teoría. Si analizamos la teoría desde un punto de vista de relación, es posible aplicarla en el ámbito social, pero aplicarla como una fórmula matemática es imposible. No se pueden escribir fórmulas matemáticas para gobernar o predecir las relaciones entre los seres humanos (o entre los seres vivos en general).
Las leyes del universo son distintas a las leyes sociales. Las leyes que rigen las relaciones son la moral, la dignidad, la conciencia. Estas son más bien cualitativas y difíciles de cuantificar. El universo social se compone de individuos; y tiene leyes que rigen el comportamiento de estos. Hay todo un sistema, con distintas características, distinta educación o experiencia y distintos poderes o jerarquías.
Como nada en el universo es absoluto, tampoco lo es en el universo social. Pero esto trae consigo problemas: ¿Quién y cómo establece el poder? ¿Cómo se logra el orden? ¿Quién y cómo logra conciliar las diferencias en las relaciones (los relativos)?
En nuestro universo social con frecuencia relativizamos, y cada día parece que lo hemos hecho universal: “Yo no voy a llegar temprano, pues todo el mundo llega tarde”; “como todo el mundo roba, yo también tomo lo mío”; “el gobierno pasado robó y todos han robado, pero por lo menos este hace obras”; “la culpa es de los gobernantes, que son unos corruptos”.
El poder o jerarquía es el elemento central con la capacidad de establecer el orden. El poder puede ser innato, como los padres en una familia (aquí no se elige) o adquirido como cuando se escogen los gobernantes por votación popular o por la fuerza, cuando surgen dictadores. En nuestra galaxia (la Vía Láctea), el Sol es nuestro jerarca. Él regula el sistema. En nuestro universo social, los gobernantes son nuestros jerarcas y hay que obedecerlos.
En el universo hay condiciones adversas que nos afectan, como las temperaturas extremas, pero no podemos cambiar esto, pues son las leyes naturales las que gobiernan tales cambios. Las leyes sociales, si bien es cierto puede que no nos guste o “convengan”, hay que obedecerlas. Nosotros no tenemos fuerzas físicas naturales que establezcan el orden.
Los jerarcas son en parte los responsables de estas leyes, y el sistema (la sociedad) es fiel reflejo de ellas. Entonces, en el marco de la ley todos en el sistema participan; con distintas responsabilidades, pero participan. Hay derechos, pero también hay deberes. Decir que los gobernantes son corruptos, es un relativo que utilizamos como mecanismo de negación, pues a ellos no los trae una nave espacial de otra galaxia o un submarino del fondo del mar. Son el resultado de la sociedad a la que pertenecen.
El universo cambia. La materia tiene su antimateria (su relativo). La sociedad cambia, y las leyes sociales también. Los valores también tienen sus antivalores. A la moral y la dignidad, le compiten la envidia, el egoísmo, la traición, el racismo, la desigualdad, entre otros. Ante esta relación entre valores y antivalores, las sociedades –el sistema– están obligadas a buscar un equilibrio. Uno no existe sin el otro, pero se debe tratar de mantener el equilibrio siempre hacia el estado que nos mantenga vivos y viviendo bien.
Los físicos, astrofísicos y astrónomos miran constantemente el universo para detectar los cambios, buscar nuevas leyes y prevenirnos de posibles amenazas de extinción. Sociólogos, filósofos y la sociedad en general deben mirar constantemente los cambios en las sociedades, y dar recomendaciones para prevenir explosiones y cambios dramáticos en el sistema, que también llevan a la desintegración de los individuos y de la sociedad.

