La pregunta planteada en el título de este artículo parece un tanto ridícula, pero mucha gente, aun cuando no lo dice, aspira a eso mismo. Estas personas son tan negativas, sobre todo en lo político, y a la vez tan deseosas de culpar al otro de los problemas del país, que caen en la ridícula pretensión de sacar la política de la política.
La respuesta a la pregunta de que si se puede sacar la política de la política, es un claro y cotundente ¡no!
La respuesta es no, porque todos nosotros, sí, todos nosotros, somos políticos. Estamos en distintas categorías, pero todos –de una u otra forma– somos políticos.
Están los políticos partidarios (no puede haber democracia sin partidos políticos), quienes a veces izan su bandera partidaria por arriba de la tricolor. Me ha tocado reclamarle a un político partidario “¡estás proponiendo algo que le hace daño a nuestro país!”. Respuesta: “Lo sé, pero le conviene al partido”. Estos son los peores políticos partidarios. Para ellos, la lealtad al partido es similar al código de silencio de las mafias. Hoy lo vemos cuando la lealtad les impone su silencio cuando copartidarios se ven envueltos en escandalosos actos de corrupción con los fondos públicos.
Pero la mayoría de los políticos partidarios son positivos y tienen una visión clara para el país. Ellos dedican su militancia a convencer a los ciudadanos a que emitan sus votos a favor de ellos y sus ideas, para lograr ejecutar sus planes para beneficio del país y sus ciudadanos, favoreciendo con mayores oportunidades a los ciudadanos más vulnerables.
Ahora, afortunadamente, además tenemos políticos no partidarios que han decidido postularse a puestos de elección popular por la libre postulación, o sea, sin adhesión a partido político alguno. Esta nueva posibilidad seguro que vigorizará el sistema democrático y ayudará a limpiarlo.
Luego, hay políticos no partidarios dedicados a la política a través de la sociedad civil. La sociedad civil está conformada por entes privados dedicados a la agenda pública, pero sin aspirar al poder. Quien escribe ha dedicado su vida a la política a través de entes de la sociedad civil dedicados a construir la nación. Es simplemente otra manera de ejercer la política. En esta categoría hay cientos de organizaciones profesionales, estudiantiles, indígenas, gremiales, académicas, de literatura, de teatro, de arte, de periodismo, educadores, entre muchas otras. Todos, todos dedican ingentes esfuerzos a la agenda pública –al bien común–, al país con la bandera nacional como norte y todos son políticos sin aspirar al poder.
También hay personas que no son de partidos ni de la sociedad civil, que se dedican a su profesión o a su trabajo y a criar a sus hijos, nietos y bisnietos, muchos de los cuales dicen “yo no soy político”, pero son ciudadanos y como tales son dueños del poder y con su voto escogen a los administradores de ese poder. Los ciudadanos son los verdaderos responsables; por eso son todos políticos.
Después de todo, la promesa de la democracia moderna –como lo escribe Wolfe– es que ultimadamente los ciudadanos logran lo que quieren. Obviamente, en una sociedad tan diversa y pluralista no todos los ciudadanos logran todo lo que quieren. Por eso, el arte de gobernar en una democracia es escoger entre las opciones o lograr acuerdos y compromisos que contemplen todas las alternativas racionales.
Concluyendo: no se puede sacar la política de la política, porque todos los ciudadanos somos –de una u otra forma– políticos, aunque nos cueste aceptarlo.
Nos toca a todos reconocer, sin pena alguna, que somos políticos y ejercer la política para limpiarla, adecentarla, protegerla con nuestra acción, ejerciendo nuestro ¡poder ciudadano!
Si insiste en la tontería de buscar culpables y dedicarse a la queja perpetua e inútil, póngase frente al espejo y mire al culpable a los ojos. Exíjale con firmeza, convicción y decisión, que cambie de actitud, ejerza su obligación ¡y cambie esta vaina!
El autor es fundador del diario ‘La Prensa’.