El nombramiento de los magistrados a la Corte Suprema de Justicia ha vuelto al tapete, pero esta vez con matices que fortalecen aún más la característica de oportunista y superlento del presidente de la República, Juan Carlos Varela.
El mote de tortugón, objeto de cientos de caricaturas y comentarios, lo evidencia patéticamente con las demoras exageradas en la postulación de candidatos a la suprema corte y a otros estrados.
Pero en esta ocasión es notorio el hecho de que no solo ha retrasado las postulaciones, sino que además lo hace con premeditación y alevosía, a pocos días del cierre normal del Legislativo, presionándolo, y también a pocos meses de terminar su accidentado mandato.
Juan Carlos Varela fue el más sorprendido en las últimas elecciones. Estaba convencido de que llegaría de último, según pronosticaban las encuestadoras más prestigiosas. Pero demostró desde el primer momento que era demasiado parsimonioso en la escogencia de sus ministros. Demoró en hacerlo angustiosamente.
También demoró y fracasó en el intento de nombrar dos magistradas, pretendiendo colar adeptas, para bloquear futuras implicaciones judiciales.
Ahora, meses después, con el argumento de que es su responsabilidad constitucional, saliendo del Gobierno, pretende hacer lo mismo, con una imagen marcadamente deteriorada, buscando tablas de salvación a los juicios que lo incriminarán a futuro.
En efecto, aun cuando tiene la potestad de proponer candidatos de listas ajenas o propias, a nadie escapa que intenta una última jugada para blindarse, después de fracasar rotundamente en su gobierno.
Varela perdió la oportunidad de su vida para rescatar el país de las fauces en que la dejó el anterior presidente Ricardo Martinelli. Pudo haber realizado un gobierno de maravillas, castigar a los delincuentes producto de la corrupción, pero no lo hizo, el poder lo mareó, y quedó enmarañado en la miasma de quienes lo precedieron.
El autor es asesor en imagen personal y corporativa.