Todas las dictaduras (aún las más sanguinarias) se acaban… y normalmente es por alguna sorpresa que los más agudos politólogos en sus más lógicas predicciones nunca pudieron imaginar que podría ocurrir.
En el caso de la prolongada narcodictadura de Venezuela, esa sorpresa se llama Juan Guaidó.
Semanas antes de que fuera electo presidente de la Asamblea Legislativa legítima – producto del voto popular – a nadie se le ocurría que podrían ocurrir dos sorpresas.
1) Que la Asamblea – ignorada y supuestamente desligitimizada por la Corte Suprema del dictador - podría jugar papel alguno en la solución.
2) Que en la oposición muy dividida de Venezuela se podría lograr la unidad imprescindible para defenestrar la criminal narcodictadura. Los liderazgos conocidos hasta esos momentos (Leopoldo López y Lilian Tintori, María Corina Machado, Henrique Capriles, Antonio Ledezma) – todos buenos, capaces y valientes – habían perdido el apoyo inicialmente logrado, normalmente por bochinches y dudas sobre supuestas entregas tras bastidores, lo típico en nuestros países latinoamericanos.
... y de repente Maduro comete el error de “reelegirse” sin votos en un acto común en las dictaduras – por dedazo y además “porque me da la gana… ¿y qué?”.
…y muy de repente la Asamblea Legislativa, ignorada por Maduro, en una elección casi que rutinaria elige presidente a un – más o menos – desconocido de nombre Juan Guaidó.
…y el tal Juan Guaidó resulta ser un joven idealista político sin cola de paja, atractivo, inteligente, valiente, con un gran corazón comprometido, que por casi arte de magia le pone una cabeza unificadora a la oposición, presenta un planteamiento institucional y constitucional para resolver la crisis… logra que todo un trabajo internacional de años también se consolide rápidamente, y así, llenando el vacío constitucional asume como presidente interino, ofrece amnistía al sector militar y les habla con el conocimiento como nieto de militares que conoce cómo se mueven los cuarteles, y poco a poco la tropa se va volteando y - todos sabemos que -“general sin tropa”, se convierte en inútil figura decorativa.
En cuestión de semanas la oposición se consolida, el apoyo real internacional se consolida y lo más importante de todo, renace la esperanza... y todo cuenta con el apoyo de marejadas de pueblo en las calles exigiendo libertad.
Ahora vendrá la ayuda humanitaria a un pueblo sufrido por la escasez y en total deterioro por una inflación difícil incluso de calcular, pero cuya realidad es que el Bolívar ya no vale nada.
Hoy hay liderazgo en la Venezuela democrática. Liderazgo es persuasión, conciliación, inteligencia intelectual y emocional y… ¡paciencia! Es saber articular un propósito nacional aceptable para las grandes mayorías, proyectando fuerza que venza la debilidad y desesperanza. Es producir lo mejor en cada venezolano. Es superar lo de buenos contra malos, y los odios ideológicos. Hay que derrotar a una organización criminal. Ésa es la lucha, no es otra.
Otra Venezuela renacerá, producto de la lucha de la mayoría. Será una Venezuela producida por la ciudadanía. Una Venezuela dedicada a la reconstrucción para forjar un nuevo país, más legítimamente democrático, transparente y más justo.
Y para aquellos Economistas que dicen que demorará 20 años llegar a los niveles previos a la narcodictadura, les digo que de el Panamá pos-Noriega decían lo mismo y en menos de dos años estábamos volando… no por la ayuda externa (que fue mínima) sino por el retorno de los capitales nacionales que habían huido.
También les recuerdo que cuando vuelve la democracia las expectativas son tan exageradas que solo puede seguir la desilusión. ¡No se desanimen! La democracia es libertad de todos, así es que no es nítida y por momentos parece caótica. Frente a eso, ¡no al desánimo! Siempre fe, esperanza, optimismo y arduo trabajo como constructores de nación.
¡Mi abrazo a la nueva Venezuela que está en el proceso de nacer!
El autor es fundador del diario La Prensa