El camino a las elecciones nacionales del año 2019 se nos presenta en un panorama de situaciones novedosas que podríamos considerar positivas y enriquecedoras, con valores cívicos, morales y éticos, beneficiosos para nuestra democracia tradicional.
Un creciente enfoque crítico, en un lenguaje que apunta a temas éticos, sobre el actual gobierno y sobre los anteriores, exige al discurso político esperado un aire fresco y limpio, mientras se rechaza el insulso discurso de siempre.
Y este discurso esperado está enraizado en el cristianismo, que ha alimentado a nuestra heredada cultura milenaria, con sus sesgos laicistas. Pero, es un cristianismo vivo, enfrentado a la amenaza de la ideología de género (IDG).
El laicismo original no es anticristiano. Pensemos que está implícito en el dar al César y a Dios lo que corresponde a cada uno.
Los expertos en laicismo deben recordar que desde el año 1278 se estableció lo que es el actual Principado de Andorra. Su sistema político es una democracia Parlamentaria que tiene como jefes de Estado al obispo católico de Urgel, junto con el presidente de Francia, y como jefe de Gobierno a un presidente. Religión en la política, sin problemas.
Cuando se tiene como sistema de gobierno una democracia bien entendida, no se teme a la religión. Como en Andorra.
Pero, cuando el laicismo radical, de la mano de la IDG se apodera del gobierno, como en España, Canadá y otros países, la democracia fallece.
A la democracia hay que defenderla de su propia debilidad: la tolerancia irrestricta hacia políticos y corrientes libertarias. Esto se vio en Europa, en Cuba y en Venezuela.
Por este mal del sistema es que el inglés Winston Churchill, con la sabiduría que lo caracterizó, dijo que “la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre: con excepción de todos los demás”. Churchill hablaba del comunismo, que se aprovechó de la ignorancia política del votante. La única solución, entonces, fue la Guerra Mundial, con su saldo de “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”, como él describió el precio pagado entonces por la amenaza no atendida.
Para combatir la actual amenaza, la ideología de género, solo hay un camino: la sabia participación en los procesos electorales. Los peores enemigos de la democracia son la abstención, la indiferencia, el voto irresponsable. El mayor error es la aceptación, como buena, de “no mezclar la religión con la política”. Esta es una afirmación engañosa.
La religión cristiana enseña que no se debe robar, no se debe mentir, no se debe matar; exige honrar padre y madre; enseña a amar y no a odiar… Y así los 10 mandamientos judeo-cristianos.
El laicismo radical y la IDG dicen que la religión no se ha de tomar en cuenta en la política. Esto ya lo saben los políticos que mienten y roban y demás faltas que les conocemos. Dios y sus leyes estorban al laicismo radical y a la IDG que lo apandilla.
Se ignora, también que cuando Alemania invadió a la comunista URSS (II Guerra Mundial/ 1939-1945), el dictador ateo y anticristiano, José Stalin, levantó la bandera de la milenaria cultura cristiana del pueblo ruso como arma defensiva contra el invasor. Política en religión.
Sobre el tema de la participación de los ciudadanos en la política, el papa Francisco ha dicho que hay que votar como católicos. Igual, los evangélicos y demás. Insiste en que “involucrarse en la política es una obligación para un cristiano. Nosotros no podemos jugar a Pilatos, lavarnos las manos. No podemos”.
Votar o no votar: la cuestión es esa.
El autor es docente universitario
