Hoy, 15 de enero de 2026, la historia nos convoca a mirar hacia las ruinas de Acla. Se cumplen 507 años de un episodio que la historiografía tradicional suele revestir de tragedia épica, pero que, bajo la lupa crítica de las ciencias sociales, se revela como un crudo ajuste de cuentas: la decapitación de Vasco Núñez de Balboa. Resulta necesario despojar a este suceso de su pátina romántica para comprenderlo en su verdadera dimensión: el desenlace violento de una pugna de poder entre dos hombres cuyas trayectorias estuvieron marcadas por la ambición desmedida y el desprecio por la legalidad.
El ‘currículum’ de un bandido audaz
Vasco Núñez de Balboa no fue el héroe impoluto que los monumentos pretenden perpetuar. Su carrera en Tierra Firme inició como la de un prófugo: un polizón que huyó de sus deudas escondido en un barril y que, mediante la intriga, usurpó el mando de la colonia de Santa María la Antigua. Balboa no fundó el orden; instauró una soberanía de facto, basada en la audacia del desesperado. Como bien señaló el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias:
“Fue este Vasco Núñez un hombre de gran ánimo, pero que no supo guardar la obediencia que debía, pues por su propia mano se hizo señor de la tierra sin esperar mandato de Su Majestad.”
Pedrarias Dávila: la institucionalización de la corrupción
Sin embargo, el hacha que terminó con su vida no fue empuñada por la justicia, sino por un verdugo aún más implacable. Pedro Arias Dávila, Pedrarias, representó la institucionalización de la crueldad. Su gestión se caracterizó por una maquinaria de terror que utilizó el aparato estatal para eliminar sistemáticamente a cualquier rival. El juicio a Balboa fue una farsa jurídica, en la que el derecho quedó secuestrado por la vendetta personal. Sobre este acto, Fray Bartolomé de las Casas sentenció con crudeza:
“No hubo traición sino envidia del gobernador… así se pagó el descubrimiento del Mar del Sur: con el hacha que el mismo poder que lo envió mandó afilar.”
Hacia una pedagogía del conflicto: más allá del bronce
Como educadores, nuestra tarea es construir un pensamiento pedagógico histórico que transite de la llamada historia de bronce hacia una historia de procesos vivos. Este aniversario obliga a reflexionar sobre tres ejes fundamentales:
La desmitificación ética: el aula debe ser un laboratorio donde se analice cómo el poder, desprovisto de ética, degenera en bandidaje.
La tensión del poder: enseñar la historia como un estudio de tensiones permite identificar las raíces de la corrupción estructural.
El territorio como documento: comprender que la geografía del istmo fue moldeada por disputas facciosas donde la eliminación del adversario prevaleció sobre la institucionalidad.
Conclusión
Educar en Ciencias Sociales, a 507 años de la muerte de Balboa, no consiste en recordar cómo murió un hombre, sino en analizar cómo nació una forma de ejercer el poder en nuestra región. El desafío de la educación contemporánea es transformar ese “hacha de Acla” en una herramienta crítica que permita a las nuevas generaciones decapitar la impunidad y el autoritarismo que, siglos después, aún intentan disfrazarse de servicio público.
El autor es docente especialista en Ciencias Sociales.

