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A borde del precipicio

Ya lo había dicho Einstein: la próxima guerra mundial la libraríamos con piedras.

Mal augurio: la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán se está entremezclando con la guerra de Rusia en Ucrania. La combinación o conjunción entre guerras hasta ahora aisladas y conflictos mayores es la mejor manera de producir una conflagración total e incontrolable.

Semejante destrucción abarcaría al orbe independientemente de alianzas, tratados, ideologías, apego a la ética y al derecho internacional, ya que lo arrasaría todo, trátese de guerras con armas convencionales o, peor aún, con armas nucleares.

Continentes y países no beligerantes, culpables e inocentes, like it or not, se verán afectados.

De esa conflagración no se salva nadie, incluidos los no beligerantes o bystanders, tal como nuestro Panamá, pese a que su Canal es formal y engañosamente “neutral”.

No importa si se trata de una gran potencia, de una mediana potencia o de un pueblo colonial. Todos seríamos arrastrados a la hecatombe.

La condición vulnerable de nuestro país es mayor aún porque José Raúl Mulino, administrador ad hoc del protectorado, ha puesto en jaque la llamada neutralidad de la vía acuática al alinear a Panamá contra China Popular tras la declaratoria de inconstitucionalidad del contrato de Panama Ports Company, filial de la empresa hongkonesa Hutchison.

Nuestra situación se complica al alinearnos con las pretensiones guerreristas de Estados Unidos e Israel contra Irán.

No es ningún secreto que Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos, tras su visita al Canal en 2025, ordenó a Panamá eliminar la presencia (inexistente y no comprobada) de China en Panamá y firmar un memorando de entendimiento peligroso que no ha sido debatido ni aprobado por la Asamblea Nacional, en el cual nuestro país se doblega ante Estados Unidos sin chistar palabra. ¿De cuál democracia estamos hablando?

La visita de Rubio fue el preludio de lo que se implementó de inmediato: la suspensión de la Ruta de la Seda y la recuperación de bases militares de Washington en el Canal y en Panamá.

Las relaciones entre China y Panamá abrieron un mar de oportunidades para que nuestro país mantuviera mayor independencia de Estados Unidos y una verdadera neutralidad. Sin embargo, el actual gobierno, alineado con Washington, ha borrado todo vestigio de independencia nacional y ha dado al traste con los tratados del Canal, logrados con el patriotismo de conciudadanos que se opusieron a los sobornos del Pentágono.

Dichos tratados de 1977 emergieron a raíz de la conspiración contra el canciller Juan Antonio Tack, jefe del equipo negociador por Panamá, y tras la violación de la Declaración Conjunta Tack-Kissinger de 1974, que eliminó tanto el Tratado Hay-Bunau Varilla de 1903 como la perpetuidad.

La falta de dignidad nacional en muchos pueblos carentes de líderes verdaderos está extendiendo un ominoso manto de cobardía que no alcanzará a abrigar a todos los muertos que caerán por la falta de ética y compromiso con la humanidad de algunos falsos dirigentes.

Falsos dirigentes que están enviando a los hijos del pueblo a morir por causas que no son las suyas.

La ONU está dando sus últimos estertores, víctima de sus propias inconsistencias y de su incapacidad para tender un puente salvador al Sur Global, al bloque de países representados en los BRICS, que protesta contra la anarquía que está destruyendo las últimas esperanzas de la humanidad.

La actual agresión de Estados Unidos y la Israel de Netanyahu contra Irán se coaliga con la guerra entre Rusia y Ucrania, apoyada esta última por Estados Unidos.

En medio de este desorden, el gobierno de Donald Trump es una nave que hace aguas por donde se le mire, tanto desde el punto de vista nacional como internacional.

La locura y megalomanía de Trump, que está en la raíz de los grandes conflictos actuales, solo tiene como propósito brindarle una puerta de escape al pedófilo y compinche “inchi pinchi” de Jeffrey Epstein, y nada tiene que ver con los objetivos grandilocuentes de libertad y democracia.

¿Qué libertad y democracia nos pueden enseñar quienes exterminaron a las naciones aborígenes de América del Norte y robaron sus tierras?

¿Qué lecciones de humanidad pueden brindar los fundadores de Estados Unidos, que esclavizaron a pueblos enteros de África para construir su “portentosa” civilización?

Los grandes fabricantes de armas de Estados Unidos pertenecen a las mismas élites y oligarquías que lucraron con las guerras mundiales del siglo XX.

Las mismas élites son las que encabezan el fascismo y el hegemonismo y usufructúan de la miseria humana en el siglo XXI.

No nos engañemos.

Por eso, alcemos nuestra voz y gritemos: ¡No a la guerra! ¡Sí a la paz!

El autor es diplomático de carrera.


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