Cuando supo de su enfermedad, ella solo lamentó que pronto no podría recordar la primera vez que se vieron. El diagnóstico era firme, sin necesidad de segundas opiniones, y se repetía una palabra que también habría de olvidar también: galopante. El olvido trotando desde el horizonte de la vida hacia su memoria para dejarla en blanco, «y fíjate —conversaba sin lágrimas con su marido— que son muchos años que borrar, parece mentira».
¿A dónde va la memoria cuando la perdemos? ¿Vale la pena seguir guardando recuerdos que sabemos que olvidaremos? Dicen que «recordar es vivir», pero, si olvidamos, ¿no hemos vivido? ¿No es una trampa dialéctica, una frase hecha? Dejar de leer, de escuchar música, de ver cuadros o de viajar por miedo al olvido es renunciar a la esencia misma de la existencia, algo muy parecido al absurdo empeño de este tiempo de grabarlo todo en vez de disfrutarlo en el momento: sacrificar la vida por el recuerdo.
El olvido conmueve, duele cómo se fija en la mirada de los que padecen enfermedades degenerativas de la memoria, pero también duelen los olvidos pactados, los olvidos institucionales que perpetran los políticos que se suponen deben recordar a todos los ciudadanos, sus paisanos al fin y al cabo, a pesar de que no les hayan votado ni piensen hacerlo. Duele el olvido de la democracia, y de la decencia, y de la justica.
A pesar de que habría de olvidarlo, su marido le regaló un ramo de tulipanes amarillos, una extravagancia cromática que ella agradeció mirándolo cómplice, sin querer responder a la pregunta del título: le regaló un recuerdo, otro girón de vida, aunque saben que ella lo olvidará, pero el instante vivido, la ilusión en la mirada, eso era lo que contaba. Ella lo puso a un lado con cariño y le dio un beso en los labios, «todavía me acuerdo —le dijo— y él recordó con ella la primera vez que se vieron.
El autor es escritor
