Como preámbulo al siguiente texto, dejo formalmente establecido que no soy abogado, ni arquitecto, ni ingeniero ambiental, ni ambientalista auto didacta. Soy Ingeniero Industrial, empresario y panameño.
La aprobación o no aprobación del contrato minero es sin lugar a duda el tema del momento en Panamá, y con toda justificación. Pero me parece importante hacer una diferenciación entre dos posiciones que veo en medios y redes: La posición de “estar en contra de la minería” por un lado, y la de “estar en contra del contrato minero” por otro lado. Es importante porque son dos cosas muy diferentes.
La minería, en este caso particular, de cobre, ha jugado un rol fundamental en el desarrollo socioeconómico del mundo en los últimos siglos. Entre algunos de sus usos (cobre), podemos mencionar la construcción naval, donde combinado con níquel es pieza clave en la confección de embarcaciones y de plataformas marinas. Y estoy seguro de que no tenemos que debatir la importancia de los buques en nuestras vidas.
Producto de su alta conductividad eléctrica, y de su alta capacidad en transmisión de datos y de voz, el cobre es utilizado en la industria eléctrica. Se usa en la telefonía, en la electrónica, en móviles, en computadoras, en motores, en electrodomésticos y en equipos de señalización.
Ni hablar de otros usos como la confección de monedas, de estatuas, de tuberías, de instrumentos musicales, y un sinfín de herramientas, ya que sus propiedades naturales hacen que no produzca chispas.
En síntesis, a mi parecer, una persona que este en contra de la minería debería aislarse en lo más remoto del Darién y abandonar el estilo de vida que minerales como el cobre, y su transformación al ser extraído y puesto en contacto con el intelecto humano, le brinda. Debemos ser íntegros y consistentes en nuestras posiciones. No podemos pedir “carros eléctricos” y estar en contra de la minería de cobre, no podemos quejarnos de la desigualdad y estar en contra de la minería de cobre o, utilizando otro ejemplo, de los combustibles fósiles, que proveen de energía barata, consistente y confiable a todo el mundo. Lo que sí podemos, y debemos, es oponernos a un pésimo contrato. Bajo mi perspectiva empresarial, si fuera el propietario de las tierras de la mina, jamás aceptaría un acuerdo de este tipo, en el que Panamá asume un costo que supera los beneficios. Desde el punto de vista comercial, los montos pactados son bajos, y desde el punto de vista legal, las múltiples concesiones pactadas en el contrato son impresionantes. No soy abogado, pero no me cabe duda de que viola la constitución.
Evidentemente la actividad minera, como todo en la vida, tiene su costo y sus consecuencias. Eso no es sorpresa. Lo importante en esta transacción es que Panamá asegure el mayor retorno posible en las mejores condiciones comerciales y legales posibles. Luego, que estos fondos sean invertidos puntualmente en educación y salud.
Panamá debe volver a la mesa de negociación, e inclusive buscar opciones adicionales a través de una licitación internacional que obligue a la empresa actual a mejorar su oferta. Panamá debe poner múltiples ofertantes a competir por esta concesión.
Y, por último, si definimos como país que no queremos ser un país minero vía referéndum, pues perfecto, no lo seamos. Pero esta mina ya está operando, y lo más inteligente que podemos hacer es sacarle el mayor retorno, y facilitar el más alto impacto posible al desarrollo socioeconómico del país.
Por estas y otras razones, es que estoy a favor de la minería de cobre, pero en contra del contrato que se mantiene actualmente en debate en la Asamblea.
El autor es ingeniero industrial y empresario
