Tomé prestado el título de aquella famosa película de finales de los 1960, To Sir, with Love, protagonizada por el laureado actor Sidney Poitier, para recordar la vida de una educadora ejemplar y ser humano excepcional: Cecilia Edith Justiniani de Maytín.
La maestra Cecilia nació en la ciudad de Panamá el 5 de noviembre de 1939 y fue la tercera de ocho hermanos.
Durante su vida enfrentó vicisitudes tales como el incendio de su casa cuando tenía ocho años y la prematura muerte de su padre cuando ella tenía 25 años, hechos que la impulsaron a ser resiliente.
Inició su vida laboral a los 19 años como maestra de educación para el hogar en la Escuela República Federativa del Brasil. Al año siguiente concursó para ser maestra de grado. Posteriormente, cuando consideró que tenía la experiencia, volvió a competir para ser subdirectora y, por último, ocupó el cargo de directora del plantel al que dedicó 28 años de su vida.
En sus años como maestra de grado, su profunda vocación de servicio la llevó a adentrarse, sin escoltas ni chaleco antibalas, en barrios como el Curundú de ayer, constituido por casitas y puentes de madera, con el único fin de conocer por qué algún estudiante se había ausentado de clases por varios días. Muchas veces la respuesta de sus madres era que no tenían dinero para darle el desayuno ni para la merienda. Ver esas carencias la hacía buscar maneras de ayudar a sus alumnos, que en su mayoría hoy en día son personas de bien.
La maestra Cecilia culminó sus estudios de Licenciatura en Filosofía, Letras y Educación con Especialización en Pedagogía en la Universidad de Panamá, pero nunca utilizó ese título y prefería ser llamada maestra. El haber obtenido un título universitario mientras atendía a su esposo, criaba a sus tres hijos y trabajaba es un hecho relevante para esa época.
Se jubiló con 47 años de edad. No faltaba a su trabajo ni llegaba tarde, y eso que debía estar antes de las 7:00 a.m. en su plantel. La maestra Cecilia iba a dar clases aunque no se sintiera bien, para no dejar solos a sus alumnos.
Sus deseos de seguir aportando a la educación integral de los niños la hicieron regresar a las aulas después de la invasión de 1989.
Un grupo de estudiantes, a los que hace 27 años dio clases en tercer grado, lamentaron la partida de su maestra y manifestaron que no serían lo que son sin sus consejos y apoyo moral. La recuerdan acercándose a ellos en los recreos para conversar y hablarles de la importancia de quererse uno mismo, de no dejarse avasallar por los demás y de cumplir sus sueños. Incluso los llamaba a sus casas y conversaba con sus padres cuando tenían alguna dificultad.
La maestra Cecilia no tenía alertas de Google ni de Facebook, pero siempre llamaba a sus estudiantes en sus cumpleaños. Lo hizo hasta los 80 años, hasta que la visitó el “alemán”, que arruinó su memoria.
Tratándose de un ser tan noble y con tantas virtudes, la muerte fue benigna y no la hizo esperar ni sufrir. Llegó justo a tiempo, sin más dilación.
A las 11:15 a.m. del 18 de julio de 2024, recibió los santos óleos y, cinco minutos después, ya se había marchado a la Casa del Señor, donde decía que su madre la estaba esperando.
Ojalá que nuestro sistema educativo atraiga más a personas como la maestra Cecilia, con vocación de enseñar y servir, que asciendan a sus cargos a través de concursos de mérito y no por clientelismo o amiguismo, y que dejen en sus alumnos y en las personas de su entorno enseñanzas imborrables que los ayuden a ser mejores personas y mejores ciudadanos. Eso es lo que nuestro país y el mundo necesitan.
La autora es abogada, consultora y activista anticorrupción.