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¿A quién beneficia un cese al fuego?

Tras la masacre del pasado 7 de octubre, hubo quienes justificaron –y hasta celebraron– el ataque de Hamas contra civiles indefensos en Israel, como un “acto de resistencia”. Esa apología de crímenes de lesa humanidad, como la violación de mujeres, el asesinato de padres frente a sus hijos y viceversa, la mutilación y quema de seres humanos y el secuestro de cientos de personas de todas las edades no es más que la expresión de una profunda bancarrota moral y prejuicio antisemita.

Prestarse para ser “tonto útil” de una organización jihadista y totalitaria, que se opone acérrimamente a una solución de dos estados y no representa la causa palestina de forma digna, supera los límites de la lógica y no merece más que desprecio.

Otros, quizá la mayoría, expresaron su solidaridad con el pueblo israelí en los días posteriores al 7 de octubre, pero ahora, con la atención enfocada en la entrada del ejército israelí en Gaza, que busca eliminar a Hamas –o. al menos. su capacidad militar–, han empezado a apoyar un cese al fuego. Esta posición fue apoyada por 140 países en la Asamblea General de la ONU, en una resolución que no se dignó a condenar a Hamas por el papa Francisco, en nombre de la Iglesia católica, entre otros.

Es a este grupo al que deseo dirigirme. Llamar a un cese al fuego es comprensible, y en muchos casos bien intencionado, pues es un ideal al que todos debemos aspirar: disminuir el sufrimiento, la angustia y la muerte de civiles inocentes en ambos lados de la frontera entre Gaza e Israel. Sin embargo, considero que esto conseguiría todo lo contrario a mediano y largo plazo.

Recordemos la historia reciente: Hamas tomó el control de la Franja de Gaza a la fuerza, tras la retirada israelí en 2005. Por casi dos décadas, el grupo terrorista ha disparado miles de misiles con el objetivo de destruir Israel, quien se toma esta amenaza muy en serio. Los cohetes no ocasionaron el daño deseado, pues el Estado judío ha desarrollado la tecnología para interceptarlos y la infraestructura para proteger a su población. Las represalias militares tras los constantes ataques no debilitaban al grupo integrista e inevitablemente el ciclo se repetía después de unos años.

El 7 de octubre cambió todo. Hamas logró una horrorosa hazaña ese fatídico día, nunca antes imaginada. Más de 2 mil terroristas invadieron Israel, burlaron los servicios de inteligencia y militares y actuaron de acuerdo con los principios de su carta fundacional: asesinaron de la forma más cruel a por lo menos mil 400 personas y raptaron a aproximadamente 240 rehenes.

Fue el día más letal en la historia del Estado de Israel. El pueblo judío no vivía un trauma de esa dimensión desde los horrores del Holocausto. Cualquier poder disuasor que tenía Israel con Hamás y grupos como Hezbollah, habría desaparecido.

Israel está luchando para defender su derecho a existir, para recuperar su capacidad disuasoria y así proteger a sus ciudadanos ante actores hostiles, que han probado con sus acciones no tener límites en su desprecio por la vida y la dignidad humana. Al prevenir futuros ataques como el del 7 de octubre, se evitarían las trágicas pérdidas humanas de civiles en Israel, Gaza, Líbano y otros lugares de la región.

Este análisis se fundamenta en las declaraciones más recientes de Ghazi Hamad, uno de los líderes de Hamas: “La tormenta de Al-Aqsa –como Hamas se refiere a la masacre del 7 de octubre– es solo el primer ataque, habrá un segundo, un tercero y un cuarto”. Unos segundos después, reafirmó que buscan extinguir al Estado de Israel.

Con acciones y declaraciones tan sangrientas como estas, ¿cómo apoyar un cese al fuego mientras Hamas no ha sido destruido como fuerza militar? Por ello, inclusive figuras como Bernie Sanders, el más progresista de los senadores estadounidenses y crítico de muchas acciones israelíes, señaló que un cese al fuego en este momento sería inviable, porque no se puede garantizar que Hamas no vuelva a atacar a Israel. Me parece un argumento muy lógico, que se cae por su propio peso.

Además, se estaría mandando un mensaje a organizaciones afines, como Al Qaeda, ISIS o Hezbollah, que pueden asesinar y raptar a miles impunemente. El precedente sería nefasto: sin importar los crímenes cometidos, la comunidad internacional llamará a un cese al fuego y estas organizaciones podrán sobrevivir y planificar futuros ataques.

Esto no implica que la pérdida de vidas civiles y la crisis humanitaria en Gaza no sean tragedias enormes. Esta es la naturaleza de la guerra, y en esta ocasión, Israel no escogió el campo de batalla. El ejército israelí debe defenderse, respetando los estándares internacionales: creando corredores para que los civiles inocentes puedan salir de las zonas que serán atacadas y permitir la entrada de ayuda humanitaria.

Como recordó el presidente Biden en su visita a Israel, su propio país había actuado de formas instintivas posterior a los atentados del 11 de septiembre de 2001 que fueron contraproducentes. Es necesario tener fuerza militar, pero también un plan para Gaza después de la guerra.

Todas estas críticas deben hacerse conscientes del enemigo que Israel está enfrentando. Hamas no valora la vida, incluyendo la de sus propios civiles, a quienes usa de escudos humanos, ubicando sus bases militares bajo hospitales y escuelas. Enfrentar una organización terrorista que se infiltra intencionalmente dentro de una población civil presenta desafíos que casi ningún otro ejército ha enfrentado.

Después del sangriento ataque del pasado 7 de octubre, llamar a un cese al fuego mientras Hamas no ha sido mermado militarmente es una victoria para los terroristas. Esto solo traerá más muertes inocentes en ambos lados de la frontera. Como dicta una antigua enseñanza judía: “Los que son clementes con el cruel, será cruel con los compasivos”.

El autor es politólogo de la Universidad de Georgetown


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