Por casualidades de la vida, en las últimas semanas he conversado con extranjeros que han pasado por Panamá o tienen familia en Panamá o están pensando en invertir en Panamá, y a pesar de todo el pesimismo que me caracteriza y que caracteriza a quienes como yo estamos inmersos en el día a día político de nuestro país, ante la pregunta de ¿cómo está Panamá?, no puedo evitar siempre contestar: Panamá está bien, y va a seguir estando bien.
¿Me estoy mintiendo a mí mismo y le estoy mintiendo a la persona que me pregunta? Quizá, pero ¿cómo no pecar de optimista cuando se trata del lugar donde vivo y el lugar que ha acogido a tantas personas como yo?
A pesar de nuestra clase política completamente desviada de su razón natural de brindar bienestar a sus ciudadanos, Panamá tiene varias cosas que como decimos comúnmente, la hace estar “destinada al éxito”. Es imposible no estar optimista de nuestro país cuando conoces al panameño que a pesar de tener que levantarse demasiado temprano para cruzar el puente, todos los días llega a tiempo a su trabajo. Que a pesar de los esfuerzos económicos, trata de pagarle una escuela privada a su hijo con la esperanza de que tenga una mejor educación de la que él o ella tuvo. Que a pesar de no tener espacios públicos de calidad, los fines de semana hace lo que puede para darle a sus hijos y a su familia un rato de esparcimiento, aunque para eso tenga que ahorrar una semana.
Ese panameño y esa panameña que con orgullo pone la canción Patria, aunque esté trillada, en ese momento de ocio, tan necesario que tiene el sábado en la tarde con sus amigos donde sea que se toma sus cervezas, que parece ser nuestro deporte nacional.
Con tanta inestabilidad política que tiene nuestra región, donde gobiernos de derechas e izquierdas piensan enquistarse en el poder para “transformar” por la fuerza sus sociedades a su imagen, nuestro país emerge siempre en la conversación como un oasis de paz política, económica y social. Un país que crece económicamente, donde las elecciones cada 5 años son una certeza y no una incertidumbre, y donde las protestas se solucionan con diálogo y no con las armas.
Ese país y a esos panameños es que tenemos el deber de cuidar. Ese país y a esos panameños es el que nuestros gobernantes parecen estar determinados a hundir en la desesperanza, y a los que parecen haber olvidado. No juguemos con la paciencia de nuestros ciudadanos, ni confundamos la pasividad con resiliencia. Nuestros ciudadanos la están pasando mal, pero ante todo somos culturalmente caribeños, y los caribeños ante la adversidad y la opresión, bailamos y reímos.
El autor es director ejecutivo de Movin
