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Acerca del ‘chen-chen’ y otros demonios

Acerca del ‘chen-chen’ y otros demonios
Dinero retenido al pasajero con pasaporte ecuatoriano pero con nacionalidad cubana. Cortesía Aduanas

Arranco declarando que lo aquí escrito es responsabilidad solo mía. Para nada deriva de mi posición como asesor o amigo del Ejecutivo.

Si hay alguna fantasía perniciosa en nuestro bestiario tropical es la mitología del “chen-chen”: ese dinero inagotable y mágico que los gobiernos tienen para resolver los problemas de todos. Este dinero de mentira no es más que la ilusión de tenerlo todo y de todo sin que nos cueste nada.

El “chen-chen” es un mito que, repetido muchas veces por pedigüeños, demagogos y medios de comunicación, pareciera tornarse en verdad. Esta mentira viaja y se acepta más rápido que los hechos. Nos sentimos cómodos con lo que nos conviene creer o con lo que requiere poco esfuerzo. Lo más pernicioso de este acomodo mental y moral es que nos aleja de la realidad y nos dificulta encarar nuestra situación financiera.

Una de las falacias más populares es que el gobierno es el creador y, por tanto, custodio del dinero de un país. El famoso “chen-chen” se supone, según “la canalla”, es plata que tiene y produce el gobierno. Por lo tanto, la plata empieza y termina con el gobierno, y lo que importa es el gobierno como páter dadivoso.

La realidad es que el gobierno no es dueño de nada y no produce dinero. El gobierno es una enorme y muy ineficiente máquina de distribuir dinero ajeno. Nada más. No hay tal cosa como el “chen-chen” de Mulino. Y el “chen-chen” de la trilogía anterior ha sido un desastre financiero, ético y moral para este país. A los hechos me remito: ¿está la población panameña mejor que hace 15 años, a pesar de haber multiplicado por siete la deuda pública total?

Los bienes de una nación son de los ciudadanos. Y el dinero del que dispone el gobierno viene exclusivamente de los impuestos que pagan los contribuyentes. Tampoco la deuda pública es “chen-chen” del gobierno; es plata fiada que, más temprano que tarde, tiene que repagarse. ¿Y con qué? Con los ingresos de impuestos que generan los ciudadanos que trabajan, progresan y tributan.

Por la pésima manera en que muchos gobiernos reportan su gestión, a menudo salimos con la idea de que la plata es de ellos. Al contrario, el gobierno de turno debe dar a los ciudadanos —quienes, repito, son los dueños de ese dinero— un recuento transparente de su gestión.

Y precisamente porque el gobierno no es dueño del dinero que se le confía, es ultraimportante que lo utilice bien. La juiciosa utilización de los recursos públicos es una buena parte del éxito de una nación. Un Estado debe concentrar sus recursos en el mejoramiento material, intelectual y espiritual de su gente.

Esto se logra con una combinación de gasto e inversión pública que, sumada al esfuerzo particular, debe producir crecimiento cuantitativo y cualitativo y un marco institucional robusto que permita oportunidades para todos. Suena fácil, pero no.

Nuestros gobiernos no invierten suficiente y la mayoría del dinero se gasta improductivamente en burocracia o en exagerados subsidios, que no invitan al acompañamiento de la inversión privada. El resultado: insuficientes ingresos tributarios para sufragar el pesado gasto del gobierno, lo que lleva a un creciente endeudamiento, que conduce a más gasto y así a un círculo vicioso.

Aunque cuesta creerlo, en un Estado clientelista, o mejor dicho “chen-chenista”, el gobierno se torna en un pesado lastre para su gente. Las grandes erogaciones en subsidios, por ejemplo, supuestamente destinadas a aliviar carencias, salen de la caja común del Estado y, por lo tanto, se trata de tapar un hueco cavando otro en la misma población que se pretende ayudar.

El resultado neto es que se transfiere dinero a los que más lloran, con mayor capacidad para presionar, y que no son precisamente pobres. Los grandes perdedores en esta piñata son los verdaderos pobres, los que no tienen voz ni capacidad de presión y que sí merecen la ayuda del Estado. Lo demás es política y matraqueo.

Por otro lado, si vamos a ayudar con subsidios, estos deben ser temporales y puntuales; pero se vuelven crecientes, dispersos y eternos. Está más que demostrado que sus beneficios son, en el mejor de los casos, marginales. Muy por el contrario, les roban cuantiosos recursos a programas de creación de empleos, infraestructuras, emprendimientos y otras acciones para la formación de capital humano.

Los recursos para elevar la educación, para proveer salud de calidad o para hacer una red vial que impulse el país no son suficientes porque, ¡ay!, tenemos que mantener una red de subsidios que solo ha fomentado una creciente red de vagos y arribistas que tienen veinte años de bienvivir de los beneficios dizque “sociales”.

Y mientras tanto, los contribuyentes e inversionistas —sí, esos que generan empleos, toman riesgos de inversión, pagan impuestos, cumplen las leyes y sacan su negocio y su país adelante— ven con sospecha y horror la fiesta de los millones que le propone “la canalla” al gobierno, el cual hasta ahora ha tratado de arroparse con la poca manta que le dejaron los tres reyes magos que le precedieron.

El autor es miembro de la Fundación Libertad.


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