A la memoria de Juan Antonio Tack, el más brillante ministro de Relaciones Exteriores en la historia de Panamá.
En diciembre de 1972, el general Omar Torrijos y el canciller Juan Antonio Tack me encomendaron organizar la estrategia de la Segunda Reunión del Consejo de Seguridad de la ONU fuera de su sede, celebrada entre el 15 y el 21 de marzo de 1973. La primera se realizó en Etiopía.
Tanto Torrijos como Tack estaban plenamente familiarizados con nuestro pensamiento sobre las relaciones con Estados Unidos, habida cuenta de que ambos habían leído mi libro El Canal de Panamá, Calvario de un Pueblo (Madrid, 1971-1975), además de que todos mis ensayos críticos sobre las negociaciones fueron ampliamente publicados entre 1966 y 1968, durante el debate de los anteproyectos de tratados Robles-Johnson.
En ningún momento propuse la neutralidad del Canal, porque esta era una engañifa, una trampa histórica que atentaba contra Panamá.
A ambos funcionarios dediqué, en 1971, sendas copias entregadas a nuestro embajador en España, Moisés Torrijos Herrera.
Moisés era amigo mío mucho antes del golpe militar de 1968. “Monchi”, como le llamábamos, me transmitió el siguiente mensaje de Omar: el entonces jefe de Gobierno quería conocer mi posición sobre los proyectos de tratados negociados por el licenciado Fernando Manfredo y nuestro embajador en Estados Unidos, José “Noni” De la Ossa.
Luego de examinarlos, le dije a Monchi que le transmitiera mi consejo a su hermano: “¡Échenlos a la basura!”.
Yo había sido encarcelado por la primera junta militar de Boris Martínez y Omar Torrijos durante tres meses, en la única celda de castigo de la Cárcel Modelo, de octubre a diciembre de 1968.
En una visita relámpago a Panamá, rompiendo el exilio desde Holanda y España, hice una visita de cortesía al canciller Tack, quien en 1969 me había aplicado el examen de la Carrera Diplomática junto al entonces canciller Nander Pitty, el cual aprobé con “el máximo puntaje de la historia de la Carrera”, lo que me daba derecho a ser designado en Estados Unidos, aunque esa no era ni remotamente mi opción.
El canciller Tack me propuso, en agosto de 1972, ser su asesor personal durante las negociaciones con Estados Unidos, propuesta que Omar emuló acto seguido.
Sin embargo, en ningún momento durante el cónclave de marzo de 1973 Panamá mencionó la palabra “neutralidad”, si bien la citada reunión no estuvo exenta de polémicas mías con el doctor Jorge Illueca, quien proponía la “neutralización de todas las vías acuáticas internacionales”, para disgusto del embajador de Egipto, que se opuso firmemente a la propuesta por considerarla intervencionista en su país y exigió suspender las sesiones hasta el lunes 21.
A instancias de Torrijos y Tack, redacté en Isla Contadora la resolución propuesta ante el Consejo de Seguridad, la cual fue vetada arrogantemente por el embajador de Estados Unidos, John Scali.
En Contadora, el embajador de la República Popular China, Huang Hua, y su adjunto, Chou Nan —ambos futuros cancilleres—, nos ofrecieron su inmediato respaldo, lo cual influyó para que el resto de los representantes, liderados por el canciller cubano Raúl Roa, se sumaran sin ambages.
El veto de Estados Unidos no impidió que nuestra causa triunfara.
En efecto, en noviembre de 1973, el canciller Tack me solicitó redactar la respuesta a una declaración del secretario de Estado, Henry Kissinger, conocida posteriormente como la Declaración Tack-Kissinger, que sería la base conceptual de las negociaciones entre ambos países.
En esta declaración o anuncio conjunto se derogó el Tratado Hay–Bunau Varilla de 1903; se eliminó la perpetuidad; se aumentaron los ingresos para Panamá; desapareció la Zona del Canal y no se mencionó siquiera una vez la palabra “neutralidad”.
Dicha declaración permitió el triunfo de nuestra causa al traspasarnos la vía acuática, acordada para el 31 de diciembre de 1999.
Posteriormente, se le adosó al Tratado del Canal el Tratado de Neutralidad, pactado a perpetuidad bajo responsabilidad de un nuevo equipo negociador que suplantó al canciller Tack como jefe de las negociaciones e incluía a Rómulo Escobar Bethancourt, Arístides Royo y Adolfo Ahumada.
El nuevo equipo se alejó de la Cancillería y nos apartó.
Los tratados fueron ratificados en plebiscito por Panamá el 23 de octubre de 1977 y, de manera ilegal según mi criterio, por el Congreso de Estados Unidos en marzo y abril de 1978.
Al Tratado de Neutralidad se le añadieron enmiendas en el Congreso —DeConcini y Nunn— que autorizaban a Washington a defender el Canal sin el consentimiento de Panamá, lo cual constituía una violación del Derecho Internacional Público, del mismo modo en que la ratificación con enmiendas senatoriales del Tratado Hay–Pauncefote de 1900 entre Estados Unidos y Gran Bretaña fue causa de nulidad que lo invalidó y obligó a una renegociación posterior con Inglaterra en 1901.
Pero Panamá no es Inglaterra, y ahora nuestro pueblo observa cómo Estados Unidos nos presiona para obligarnos a renunciar a compromisos y acuerdos con la República Popular China; entre ellos, los de la Franja y la Ruta; la cancelación abrupta de los contratos con la empresa hongkonesa Hutchison Ports PPC, que administra desde 1997 los puertos de Balboa y Cristóbal; y el memorando de seguridad firmado en abril de 2025, enfocado en migración y seguridad fronteriza, que permite la presencia y movilidad de tropas, construcción de instalaciones y uso de armamento por parte de Estados Unidos.
Si lo anterior no constituye una violación y negación del Tratado de Neutralidad, entonces, ¿qué es?
Estados Unidos no debe involucrar a Panamá en sus conflictos geopolíticos con China.
Entretanto, los artífices panameños de tal descalabro eluden su responsabilidad y no han dicho ni “esta boca es mía”.
El autor es exdiplomático y analista.

