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Panamá está ante la ventana histórica de romper la barrera del bajo crecimiento y empleo

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La economía panameña enfrenta una encrucijada histórica. Tras una década de bonanza, a partir de 2012 comenzó a perder tracción. El manejo ineficiente de la economía durante la pandemia provocó un decrecimiento real de -17.7% en 2020, seguido de una recuperación gradual con escaso impacto en el empleo.

Las proyecciones para 2026 son alentadoras: un crecimiento esperado de hasta 4.5%, casi el doble del promedio latinoamericano de 2.3%. Sin embargo, la experiencia reciente demuestra que las proyecciones favorables no garantizan transformaciones reales ni generación sostenida de empleo. El riesgo de quedarnos en el análisis mientras el entorno geopolítico se reconfigura es real y costoso. Las oportunidades existen, pero requieren gestión activa para materializarse.

El mes pasado, dos foros internacionales —Davos y CAF Panamá— dejaron mensajes claros orientados a la acción. Mark Carney, primer ministro de Canadá, lo expresó con contundencia en Davos: “Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene freno”.

Su advertencia resulta especialmente pertinente para economías medianas como Panamá: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. El sistema multilateral basado en reglas ya no ofrece protección automática. La política comercial de Estados Unidos ha reconfigurado las cadenas globales de valor: las exportaciones de China a Estados Unidos cayeron 20% en 2025 y continuarán disminuyendo. Gran parte de ese comercio se redirige hacia el sudeste asiático, México y América Latina. Ese desvío representa una oportunidad histórica, pero solo si se actúa con rapidez.

El nearshoring y el friendshoring están transformando las Américas, con México a la cabeza. En 2024, ese país produjo 4 millones de vehículos, reactivó más de 160 proyectos industriales en 2025 y lanzó el Plan México, con una inversión proyectada de $277,000 millones para el quinquenio. Altagracia Gómez Sierra, coordinadora del Consejo Asesor de Desarrollo Económico Regional (CADERR), explicó en Davos que la meta es elevar la inversión del 25% al 28% del PIB anual para 2030, con el fin de romper la barrera del bajo crecimiento.

También destacó el proceso de institucionalización de la colaboración público-privada, en el que el sector privado coordina directamente con la Presidencia la evaluación de prioridades, acelera inversiones estratégicas y promueve la simplificación de trámites.

Panamá: de las ventajas comparativas a las competitivas

Panamá posee ventajas comparativas difíciles de replicar: ubicación geográfica, el dólar como moneda oficial, biodiversidad, hub marítimo y aéreo, el Canal de Panamá —que maneja 5% del comercio marítimo mundial—, cuarto país del mundo en infraestructura portuaria, inversiones públicas proyectadas por $11,000 millones y otros $10,000 millones en proyectos estratégicos del Canal, entre otras.

No obstante, las ventajas comparativas son necesarias, pero no suficientes. Deben transformarse en ventajas competitivas. Mejorar la competitividad para alcanzar mayores niveles de crecimiento y desarrollo sostenible es el gran desafío, y ello exige cerrar la brecha de productividad. En América Latina, en 2023, esta equivalía apenas al 37% de la de los países de la OCDE, debido al rezago educativo y a la baja inversión en innovación. En Panamá, según el último informe del Centro Nacional de Competitividad y la Senacyt, la productividad total de los factores ha venido decreciendo, e incluso ha sido negativa en la mayoría de los sectores en años recientes.

La economía panameña enfrenta desafíos estructurales: rezagos educativos, insuficiencia de mano de obra calificada, informalidad del 49.3%, una actividad logística donde 90% es transbordo sin valor agregado local, y la caída de sectores como construcción y minería, que históricamente generaban empleos de calidad.

En el Foro CAF 2026 en Panamá, Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, fue clara: “Los desafíos de crecimiento son estructurales, no cíclicos”. El presidente José Raúl Mulino complementó esa visión: “Nuestros pueblos nos piden trabajar más en las coincidencias que en las diferencias. Panamá no compite con los países; complementa sus economías”.

Plan país: seis pilares para la acción

Es momento de pasar de las palabras a la ejecución. Se requiere un plan país con acciones coordinadas y medibles, como el siguiente esquema de referencia:

  1. Institucionalizar la colaboración público-privada: crear un Consejo Asesor Empresarial para el Desarrollo Económico, similar al modelo mexicano, con visión de largo plazo, compromisos verificables y rendición de cuentas que trascienda gobiernos.

  2. Simplificación y supervisión: implementar una ventanilla digital única y simplificada, reducir tiempos de trámites e inversión bajo estricta supervisión, rediseñar cadenas logísticas y desmontar proteccionismos sectoriales.

  3. Zonas de valor agregado: transformar el transbordo puro en un hub de valor agregado, reconvertir zonas libres hacia ensamblaje y manufactura ligera, crear centros de innovación con IA y blockchain. Meta: 15% de valor agregado local para 2030 y 100% de energías renovables.

  4. Inversión en capital humano: actualizar pensum, capacitar educadores, fortalecer la educación dual, recalificar 100,000 trabajadores informales en cinco años y formar 50,000 profesionales STEAM anuales.

  5. Estímulos fiscales sectoriales: deducciones aceleradas para tecnología e I+D, incentivos a la formalización laboral, polos de desarrollo regional, instituciones eficientes y seguridad jurídica para inversionistas.

  6. Visión 2040: estrategia de largo plazo con consenso multipartidario, inversión mínima del 20% del PIB anual, cierre del 20% de la brecha de productividad para 2035 y continuidad de proyectos estratégicos.

La decisión es ahora

Panamá tiene las ventajas, la capacidad de convocatoria y proyecciones favorables. Lo que falta es voluntad política y privada para ejecutar con disciplina, continuidad institucional y coordinación. Se requiere un pacto nacional que permita romper, una vez más, la barrera del bajo crecimiento y el empleo precario.

La ventana está abierta. La pregunta no es si existe potencial, sino si habrá la disciplina necesaria para convertirlo en resultados concretos. Del análisis a la acción. De las ventajas comparativas a las competitivas. El costo de la inacción —quedarnos en el menú mientras otros se sientan a la mesa— es demasiado alto.

El autor es economista con maestría en Blockchain & Fintech.


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