Tener casa propia suele ser uno de los grandes anhelos de muchos panameños, pero este sueño en muchos casos acaba convirtiéndose en la pesadilla de sus vidas. Esta compra supondrá, además de una deuda, un suplicio a largo plazo. Probablemente esta será la inversión más grande que hayan hecho, resultado de años de esfuerzos, ahorro y planificación, pese a los tiempos difíciles, la inestabilidad laboral y la crisis económica. La alegría de este momento dura poco, y es que pronto empiezan a aparecer problemas en las viviendas que luego ponen en riesgo la vida de las personas que la habitan e incluso de sus vecinos. Esto es solo la punta del iceberg. No es que provengan del azar estos problemas estructurales o de fallos en planificación de las edificaciones, el origen de todo está en la corrupción.
Asociamos diariamente la corrupción a la clase política o a los sobrecostos millonarios, mas no a los pequeños actos llevados a cabo por personas comunes, por colaboradores de bajo rango, aquellas acciones del día a día que cuando son hechas con la menor integridad acaban mermando más la sociedad en su conjunto.
Se requiere una serie de permisos y autorizaciones para construir en nuestro país, y a la hora comprar una propiedad confiamos en que estos fueron emitidos en conformidad, hasta que nos llevamos las ingratas sorpresas de que no tenemos suministro continuo de agua, de que la instalación del gas canalizado no se hizo de la manera adecuada o de que estamos en una zona inundable, entre otras. Y las preguntas surgen de inmediato: ¿Quién autorizó el permiso de construcción? ¿Quién firmó esta inspección? ¿Quién firmó el permiso de ocupación? ¿Cómo permiten que estas casas sean vendidas? ¿Quién financia este proyecto? ¿Los bancos realizan la inspección antes de liquidar el préstamo? entre muchas más, sin tener respuesta o recibir cualquier tipo de ayuda de parte de las autoridades que en muchos casos fueron quienes autorizaron dichas construcciones.
La corrupción no es ajena a quien no la práctica, tiene un precio que pagamos todos día a día en diversas áreas de nuestra vida y este es un ejemplo de cómo este cáncer en nuestra sociedad ha hecho metástasis incluso en entidades que no imaginamos. Ha sido capaz de llegar a aquellas que deben velar por nuestro bienestar, incluso salvaguardar nuestra vida, por el buen cumplimiento de las leyes y los derechos de los ciudadanos.
Es hora de hacer algo para que el precio de la corrupción no sea cobrado con la vida de aquellos que pusieron toda su confianza en conjunto de organizaciones, privadas y gubernamentales, que sin escrúpulos estafan a las personas sin sufrir ninguna consecuencia.
La autora es ciudadana
