¿Cuál es el otro Panamá? El otro Panamá es aquel que no vemos en las postales ni en las fotografías de internet, sino el Panamá que transita en transporte público bajo la sombra de los altos edificios y juegos de luces nocturnas, el Panamá que cada día tiene que velar el grifo de su casa durante la madrugada para poder recoger agua y suplir sus necesidades diarias, el Panamá que se ve obligado a gastar parte de su salario en botellas de agua porque desconfía de la calidad de la que sale del grifo o simplemente el Panamá que despierta bajo el cantar de los gallos y el bramar de las vacas.
Todo este Panamá, más el Panamá del brillo de las alturas, utiliza únicamente el 25.8% de la disponibilidad total del agua dulce del territorio, la cual ha sido estimada en 119.5 millones de metros cúbicos. Concentrándose la mayor demanda de agua potable en la vertiente del Pacífico, donde habita el 83% de la población. Sin embargo, poseer toda esta riqueza hídrica distribuida en la superficie y en los sistemas subterráneos no es sinónimo de satisfacción en cantidad y calidad para la población. Los dos principales problemas, en cuanto al agua potable, resaltan la distribución y la calidad del vital líquido, en los que los más afectados son las personas que habitan en las zonas rurales del país y los barrios populares de la ciudad de Panamá. Actualmente, existen alrededor de 5 mil 400 acueductos rurales, llamados también Juntas Administradoras de Acueductos Rurales (JAAR), de los cuales pocos son los que cuentan con un estudio detallado de la calidad de su agua, en los que sus consumidores han presentado problemas intestinales relacionados a parásitos o sedimentos.
Estos acueductos rurales, usualmente construidos por los fundadores de los pueblos, en la cabecera de ríos o importantes quebradas, subsisten a partir de la conservación de las cuencas hídricas, de la precipitación y por medio de la cuota mensual que pagan los residentes, la cual ayuda a sufragar los gastos de mantenimiento y potabilización básica (pastillas de cloro). Cada comunidad de estas está administrada por una Junta de Acueducto Rural, con figuras establecidas: presidente(a), vicepresidente (a), secretario(a), tesorero(a) y vocal. Aunque hay algunas muy bien organizadas, hay otras que presentan debilidades y deficiencias en cuanto al agua que se recolecta, se distribuye y se consume, creando esto fuertes preocupaciones. Muchas de estas comunidades cuentan con una débil organización, y no por falta de voluntad, sino por el estado social de estas; conformadas en algunos casos por personas de la tercera edad o por personas que desconocen el qué hacer, lo que debilita la acción de ejecutar una JAAR que represente el poblado, hacer revisiones de campo, o sufragar costosos estudios químicos.
Entonces, si algunas de estas comunidades presentan problemáticas con su agua, ¿por qué no le pasan la voz a las autoridades responsables de monitorear su cantidad y calidad? o ¿por qué las autoridades no hacen revisiones y evaluaciones periódicamente sin tener que recibir primero una carta o una protesta? ¿No entra esto como salud preventiva? El Ministerio de Salud (Minsa) debe estar anuente a verificar la calidad del agua que todos los panameños consumen. Al estar el Minsa vinculada con las JAAR, el ministerio es el responsable de brindarle la asesoría técnica/social a las comunidades, y principalmente promover la organización de las comunidades rurales como mecanismo de apoyo en la gestión y administración de sus sistemas.
El Ministerio de Salud, entre sus funciones de salud preventiva, es el responsable de vigilar la calidad del agua potable abastecida a la población a través del monitoreo, seguimiento y evaluación. Esto regulado por la Norma Técnica de agua potable DGNTI–COPANIT 23-395-99 del Ministerio de Comercio e Industrias (MICI), la cual establece la calidad del agua, determinando los parámetros físicos, químicos y biológicos que deben ser considerados en estudios y evaluaciones. El agua es el recurso más valioso de los seres humanos y de Panamá, es el motor de la República y la fuente de vida de los panameños, por lo cual su buen uso, cuidado y gestión sostenible es fundamental para el presente y las futuras generaciones.
El autor es estudiante de doctorado en cambio climático