Érase el año 2050, cuando Panamá era reconocido universalmente como la Capital Mundial del Agua: un país cuya seguridad hídrica dejó de ser una aspiración para convertirse en un hecho civilizatorio. Las crisis por escasez de agua que azotaron al planeta durante las últimas décadas apenas tocaron nuestras ciudades, cuencas y sistemas de vida.
Recordábamos entonces que los lagos de la vía interoceánica habían registrado sequías severas cada vez más frecuentes. Los embalses de Gatún y Alhajuela descendieron a niveles críticos durante los fenómenos de El Niño en 2016, 2019 y 2023. Los noticieros informaban que, cuando la crisis climática se intensificó entre 2035 y 2045, varias guerras fueron declaradas por disputas de acuíferos. Panamá, sin embargo, resistió con una resiliencia incomparable: no hubo racionamientos porque la cobertura alcanzó el 98%, no se impusieron restricciones por calado ni se redujo el tránsito por el Canal. Y aunque en ocasiones es mejor pedir perdón que pedir permiso, los múltiples usuarios del agua concluyeron que se actuó a tiempo.
Mientras regiones enteras del mundo colapsaron por falta de planificación, Panamá se consolidó como el único país tropical con un modelo integral de gobernanza hídrica plenamente funcional y con capacidad anticipatoria. Pero esta historia no comenzó en 2050. Se gestó décadas atrás, con decisiones incomprendidas en su momento, cuestionadas o políticamente costosas, pero que hoy constituyen los fundamentos del país que somos.
Todo inició el día en que, como pueblo, entendimos que contábamos con un activo económico y un bien social por excelencia: el agua. Decisiones visionarias transitaron por un empedrado —difícil, pero certero— camino de transformaciones. El país comprendió que ya no se trataba de un número fragmentado de más de 500 cuencas en poco más de 77 mil kilómetros cuadrados de territorio, sino de una macrocuenca interdependiente, donde la confiabilidad del Canal de Panamá, la vida urbana, la producción agrícola, la industria, el consumo humano y la biodiversidad compartían un mismo ecosistema que debía ser mirado de forma integral.
Con la mano en el corazón y desde la razón, entendimos que ningún país podía prosperar si su agua dependía de instituciones rotas o de modelos de gestión agotados. Tras más de dos siglos de tránsito institucional y desde su creación en 1961, el IDAAN colapsó rápidamente ante la presión de fugas y subregistros, dando paso al surgimiento de una figura revolucionaria: la Autoridad Nacional del Agua (ANA). Esta fue concebida bajo estándares de gobernanza hídrica del siglo XXI: 100% de eficiencia operativa, regulación separada de la operación, financiamiento autónomo y transparente, planificación basada en modelos hidroclimáticos y capacidad real de sancionar el derroche, superar problemas estructurales y recuperar costos. Dejamos así de administrar agua para empezar a gobernar el agua.
Mirando hacia atrás, ninguna inversión de aquel entonces marcó tanto como el Proyecto de Río Indio. Hubo dudas, temores y múltiples debates —todos legítimos— que nos unieron como sociedad en causas comunes, permitiendo que el proyecto se convirtiera en un modelo de excelencia técnica e institucional, tanto para Panamá como para la región y el mundo. ¿Qué se hizo diferente?
Se respetaron los datos y se decidió con base en las ciencias duras y blandas. Los estudios hidrológicos, ambientales, geológicos y sociales se humanizaron, tratados como pilares de Estado y no como piezas negociables de la vieja escuela política panameña. El Canal de Panamá actuó con credibilidad técnica, respetando siempre el valor de la vida como principio fundamental.
Se creó un observatorio ambiental, comisiones ad hoc y mecanismos de participación comunitaria, convirtiendo la veeduría social en el ADN del proyecto. Esto permitió un manejo impecable de contratos, estándares de ingeniería y auditorías, que lo consolidaron como uno de los garantes más confiables de obra pública en el país.
La gestión social fue igualmente digna. Por primera vez en América Latina, el proceso de reasentamiento no se diseñó para compensar pérdidas, sino para producir bienestar neto a las 550 familias involucradas, que no fueron desplazadas, sino protagonistas de un modelo virtuoso de renovación comunitaria, vivienda resiliente, conectividad, salud y oportunidades económicas, bajo un auténtico pacto de futuro.
La mitigación ambiental dejó de ser reactiva para volverse restaurativa. Así, el Proyecto de Río Indio aseguró el agua del futuro para todos, recuperó bosques, amplió zonas de recarga y revitalizó ecosistemas.
Hoy, transcurrido ya un nuevo cuarto de siglo, el mundo reconoce que la competitividad panameña nació del agua y del valor de un pueblo que supo tomar decisiones históricamente correctas. No lo decimos solo nosotros: la Unesco nos ha distinguido con un título sin precedentes, “Panamá, la Capital Mundial del Agua”.
Con la desaparición de los partidos políticos tradicionales —por causas naturales registradas en hemerotecas que hoy se exhiben como piezas de museo—, se cuenta que la nueva ciudadanía, conocida como la generación del agua, ha iniciado en este enero de 2050 el ejercicio de planificar el país hídrico para el resto del siglo.
Alguna vez le dijeron a la hija de Walt Disney que era una lástima que su padre no hubiese vivido para ver el éxito de sus sueños. Ella respondió: “Mi padre lo vio primero”. Panamá también lo vio primero.
El autor es doctor en ciencias, educación social y desarrollo humano y coordinador de la Memoria Histórica del Canal.


