Diferentes son los escenarios del cambio climático que se viven en lo amplio de la geografía panameña. El paisaje de la nación vive en una constante transformación, solo basta recorrer provincias centrales o Darién para ser testigo de la desolación ambiental que se palpa. No tan lejos, simplemente al este de la provincia de Panamá, al sur del macizo Majé, se puede visualizar el avance de la desertificación provocada por la mala gestión del ambiente y la falta de planificación en cuanto al uso y manejo de los recursos hidrogeofísicos.
Todo esta degradación se intensifica con los cambio de las variables del clima como la temperatura y la precipitación. Como vívido ejemplo el archipiélago de Las Perlas con una población de más de 43 mil habitantes desaparece lentamente por el aumento del nivel del mar, las mareas ganan territorio con el pasar del tiempo, las sequías se agravan y los recursos hídricos escasean en la región de Azuero, la sensación térmica aumenta, las tormentas se intensifican en todo el país y el nivel freático de las aguas de los acuíferos disminuye.
Los modelos climáticos realizados específicamente para Panamá o sus regiones hídricas, tomando en cuenta las condiciones climatológicas, geológicas, hidrológicas y antropogénicas, son escasos. Pocos son los escenarios que se han desarrollado. Ministerios, consejos, instituciones, municipios, organizaciones, autoridades y universidades se basan en estudios foráneos, y no en propios construidos a partir de data nacional que ayuden a comprender la evolución del clima de Panamá forjando los pilares científicos sobre los cuales se reflejaran y sustentaran a través de proyecciones climáticas el incierto futuro al cual se dirige el istmo.
Entre los recursos menos estudiados están los acuíferos. Estas cajas negras del subsuelo panameño representan el reservorio de agua dulce más importante de la nación. En tiempos de sequía y eventos extremos como el fenómeno de El Niño, estas cajas negras son la primordial fuente de agua para las provincias centrales (Coclé, Veraguas, Herrera y Los Santos) con una población superior a 700 mil personas (INEC, 2016). La falta de comprensión acerca del origen de las aguas subterráneas, su presencia, su circulación e interacción con el medio físico presenta una debilidad frente al cambio climático y cómo este afectará sus sistemas de recargas, procesos que rigen su movimiento en el seno de las rocas y sedimentos, así como el estudio e interpretación de la química de estas aguas.
Las aguas subterráneas panameñas no son ajenas a los efectos del cambio climático que tocan al país, y menos aún a la degradación ambiental. Cada vez que los ríos pierden su caudal y se secan por completo, indica que el nivel freático de las aguas ha disminuido, los efectos que toquen a uno afectan al otro y viceversa, ya que el río pueda que alimente el acuífero, o sea, el acuífero quien alimente el río. Con la deforestación, tala, quema y aumento de la temperatura en todo el país, los suelos desprotegidos pierden su humedad al incrementar la evaporación, la pérdida de esta humedad puede llegar a una profundidad de hasta 3 metros (zona de raíces) afectando las zonas de recargas, así como la retención de humedad de los poros del subsuelo y el aumento de la degradación del recurso edáfico.
Con el aumento de las tormentas más los suelos descubiertos se incrementan la erosión y la sedimentación, dando lugar a la colmatación de las aguas superficiales e incremento de sedimentos en las costas panameñas. El aumento del nivel del mar afecta gravemente a los acuíferos costeros, incrementando la intrusión marina y su salinización, viéndose gravemente afectadas las poblaciones costeras que dependen de estos acuíferos. Solo en las costas del Pacífico panameño habitan 2,935,758 personas, el 72.7% de la población del país.
La falta de gobernabilidad de las aguas y el poco desarrollo en materia científica hace que cada vez sea más difícil gestionar, tomar decisiones y redireccionar el Estado panameño ante las amenazas del cambio climático. Los diferentes ministerios, entidades, organizaciones y universidades deben comprender lo que implica el cambio climático, identificar las principales vulnerabilidades del país y trabajar junto al Estado (que no es únicamente el gobierno) para aprender a vivir y saber enfrentar el cercano futuro que ya es una realidad tangible. Paralelamente, las universidades estatales y privadas deben pasar de ser imprentas de diplomas a convertirse en centros de investigación, desarrollar tecnología, generar información y construir la identidad científica nacional.
El autor es geógrafo, hidrólogo e hidrogeólogo.