Históricamente, el impacto del fenómeno de El Niño en Panamá ha demostrado tener una evolución creciente en sus efectos negativos para todos los panameños. Durante los últimos 50 años, El Niño ha afectado al país principalmente mediante sequías severas, reducción de lluvias, disminución de caudales y estrés sobre el abastecimiento de agua, con episodios especialmente documentados en 1983, cuando se reportó una sequía fuerte con impactos en Coclé, Los Santos y Herrera; en 1997, cuando la sequía golpeó con fuerza la región de Azuero; y más recientemente en 2015–2016 y 2023–2024, cuando la falta de precipitación afectó al sector agropecuario, elevó el riesgo de incendios forestales y redujo de forma crítica los niveles de los lagos que alimentan el Canal de Panamá y la ciudad de Panamá.
Pero, ¿qué es el fenómeno de El Niño? De acuerdo con la Organización Meteorológica Mundial, El Niño es un fenómeno climático natural caracterizado por el calentamiento anómalo de las aguas superficiales en el Pacífico ecuatorial central y oriental. Este calentamiento modifica la circulación atmosférica y puede alterar los patrones de lluvia y temperatura en muchas regiones del mundo.
¿Se aproxima un evento de El Niño? Según recientes pronósticos internacionales, se apunta a una creciente probabilidad de que el fenómeno se desarrolle durante la segunda mitad de 2026. Aunque se observan condiciones neutras en el Pacífico tropical, organismos como la NOAA de Estados Unidos señalan que El Niño podría emerger entre mayo y julio y mantenerse hasta finales del año, lo que debería activar las gestiones de institutos, autoridades y centros en materia de gestión hídrica, enfocados en los posibles efectos en Panamá.
¿Qué representa esto para los panameños? Aunque la temporada seca de 2026 ha sido irregular, con lluvias, caudales y niveles de embalses con niveles rebosantes, un evento de El Niño podría cambiar el escenario, con la posibilidad de reducciones de lluvias en zonas vulnerables, especialmente en territorios ya expuestos a estrés hídrico. La experiencia reciente ha mostrado que los eventos cálidos del Pacífico pueden agravar condiciones de sequía en buena parte de la región. La OMM reportó que durante 2023 el impacto combinado de El Niño y temperaturas elevadas contribuyó a sequías intensas en amplias zonas de América Latina, incluida gran parte de Centroamérica.
No olvidemos las memorias de los efectos de El Niño: década tras década, sus impactos son cada vez mayores. Por ejemplo, en 2023 se registró el octubre más seco desde 1950, de acuerdo con la Autoridad del Canal de Panamá, con aproximadamente 40% menos de lluvia de lo normal. Esto obligó a imponer restricciones operativas para proteger las reservas de agua que sostienen tanto el tránsito marítimo como el suministro para más de la mitad de la población del país. En conjunto, la evidencia muestra que en Panamá El Niño no solo intensifica la sequía en la vertiente del Pacífico y en el Arco Seco, sino que también genera impactos económicos, agrícolas, ambientales e hídricos a escala nacional: un fenómeno que modifica el día a día del panameño.
Los efectos de El Niño no solo se miden en los volúmenes de agua. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático señala que las sequías en el Corredor Seco de Centroamérica se proyectan más severas a lo largo del siglo XXI, mientras que la literatura regional reporta escenarios con reducciones importantes de lluvia en la región.
No obstante, ¿cómo debe responder Panamá a este fenómeno? El país debe hacerlo con una estrategia de anticipación, ahorro y adaptación, no solo con medidas reactivas cuando la sequía ya está instalada. Recordemos el escenario vivido en 2023: mientras la Autoridad del Canal de Panamá reducía el número de tránsitos diarios y cuantificaba el uso del agua dentro de sus operaciones, la ciudad de Panamá no enfrentó restricciones en el servicio de agua potable ni estuvo acompañada de una gestión hídrica visible por parte de las autoridades gubernamentales de ese momento.
En términos operativos, Panamá debe mejorar su vigilancia hidroclimática, gestionar la demanda de agua y proteger y recuperar las cuencas abastecedoras, asegurando su disponibilidad en cantidad y calidad. Además, se debe planificar por sectores, garantizando el buen funcionamiento de las Juntas Administradoras de Acueductos Rurales en zonas vulnerables.
Lo más importante es fortalecer una verdadera institucionalidad del agua y del clima que permita garantizar, de manera efectiva, la seguridad hídrica de la población, incluso en uno de los países más lluviosos del planeta, ante la presencia recurrente del fenómeno de El Niño. La mejor respuesta no es esperar a que falte el agua, sino reducir desde ahora la vulnerabilidad del país ante sequías más severas y recurrentes.
El autor es doctor en recursos hídricos y cambio climático.

