Este fin de semana conocí a dos panameños, colonense y panameña, matrimonio de muchos años, con hijos, nietos y una larga estancia en España, casi treinta años, pero con las inflexiones de voz, los gestos, los chistes, la memoria y la mirada totalmente panameñas porque, aunque uno ande lejos del terruño, uno es de donde es a pesar de la Madre Patria y todas sus ternuras.
Se me arrancó la nostalgia al recibir de esta gente bella los aires de mi tierra, aunque fuese por unas horas intensas compartiendo de lo humano y lo divino, paladeando cada matiz del habla, extrañando a mi gente, reconociendo otra vez la mococoa por la distancia y la cabanga que se le mete a uno por las grietas de lo cotidiano («Todos vuelven por la ruta del recuerdo», canta Blades), justo durante una semana especialmente panameña por muchos motivos.
Uno de esos motivos fue el repaso de un libro prodigioso, que merece una buena reedición cuanto antes: Humor panameño, de Ángel Revilla, editado por allá por el año 1995, y que cuenta, entre otras, con la participación de mi querido amigo Carlos Fong, con un texto divertidísimo (De peluqueros). Un estudio sobre nuestro humor, resaltando el aporte de caricaturistas, articulistas, poetas y cuentistas que nos han dado motivos para reír pensando. Y uno aprende, cómo no, que nos seguimos riendo más o menos de lo mismo, es decir, que mucho no hemos mejorado.
La tierra, cuando uno vive lejos, lo asalta a uno en cualquier esquina de la vida cuando uno más lo necesita, cosas que Dios va orquestando, mientras se camina por los senderos retorcidos de la patria lejana. Viene el aire del terruño y me transporta al balcón desde el que miraba pasar a la gente, frente a la casa de madera, mirando la esquina de los patacones. Escuchándolos hablar, estrechando sus manos, sentí un pequeño alivio de la distancia y el abrazo de tanta memoria.
El autor es escritor
