
Pensar en Gerardo Solís indigna. Indigna porque es el mejor ejemplo de que aquí le va mejor al chueco que al decente. Solís tiene cuentos desde pelao. De hecho, en el anuario del Javier de 1979 dice que era machista y hablaba sandeces. Creo que lo primero se le quitó.
Luego se ganó el apodo “el hombre del maletín”, por el maletín que en teoría le llevaba a Carlos Duque. Dicen que con eso y lo que pagaron los empresarios para quitar el impuesto de la Zona Libre se “jubiló” y luego todo ha sido pasatiempos…
Como director del Fondo de Inversión Social con su ex amigo el Toro, el ex contralor Weeden lo acusó de quemar facturas. Y luego Harry Díaz lo acusó de venta ilegal de tierras.
Solís era brillante, pero la sed de poder lo hizo pactar con muchos diablos. Y pareciera que manchar su nombre le importa tan poco como el país. Es que el autodenominado “renegado social más grande de Panamá” ama el poder. O servir al país, como dicen ellos. Hizo lobby para procurador de la Nación, de la Administración, contralor y magistrado. Empezó a hacer campaña presidencial como independiente, término que cambió a imparcial cuando aceptó ir con Navarro, quien lo puso a pelar naranjas, servir sopa y tragos, repartir rosas… Y luego se opuso al pacto de gobernabilidad con Varela no por ética, sino porque el PRD merecía más cargos. Tantos, que prometió gobernar solo con perredés.
Solís es un camaleón que compra oxígeno por sobrevivencia… y así llegó a ser contralor. Hoy responde a quienes lo nombraron y a una distorsionada realidad que acabó creyéndose. Él consolidó la Contraloría como una entidad complaciente. Y por cálculo, no por ignorancia ni incapacidad.
Desde que llegó contrató en puestos clave a familiares de los diputados que lo nombraron. Dijo que la corrupción era un rumor, que no había sobrecostos y que la planilla había bajado, cuando las propias cifras de la entidad lo desmentían. Declaró que las planillas debían ser confidenciales y dejó de publicar las de los diputados. Avaló esa maleantería pagando planillas brujas y diciendo que ellos tenían “derecho” a tener promotores comunitarios.
En pandemia fue aún más complaciente, y por la “urgencia notoria” decidió pagar obras sin inspeccionarlas. Y además de que no ejerció el control previo, Presidencia contrató auditores externos, así que tampoco ejerció el posterior.
También permitió arrancar obras sin refrendo. Abrió consulta pública para refrendar el hospital modular (de las obras más opacas del gobierno) cuando la ley no contemplaba eso. Y dijo, para los ventiladores y otros chanchullos, que no había delito si no se pagaba. Como si no hubiera que cumplir la ley desde el inicio.
En medio de la contención del gasto que el gobierno ignoró, contrató un servicio de imagen. Como si la imagen mejorara con palabras, no con hechos. Imprimió, y no de su bolsillo, un libro de su legado sin haber salido del cargo. Justificó el escándalo de la Lotería y avaló los auxilios económicos de los familiares de los diputados.
Ha seguido con la maña de no pagar a tiempo a los proveedores, dejando crecer el rumor de que su hijo agiliza trámites a algunos de ellos. Hasta a funcionarios les ha retrasado pagos. O que lo niegue el personal médico.
Defendió la no publicación de las auditorías de Unachi y Panama Ports, y cuando anunció que eliminó los gastos de movilización (después de defenderlos), el aplauso duró un segundo, pues solo les cambió el nombre a imprevistos. Ah, y ha dejado a las autoridades locales hacer y deshacer con la descentralización.
Sigo esperando que audite las planillas, que haga a los funcionarios devolver lo cobrado sin justificación, que demande las licencias con sueldo y dobles salarios y presente el plan de reducción de gastos. Él está facultado para todo eso. Pero no: decidió ser cheerleader.
Pero lo peor es el cambio de la ley de Contraloría, que le permite cerrar auditorías a discreción y sin consecuencias. Como resultado, ha entregado tan pocas auditorías que ni el MP ni el Tribunal de Cuentas han podido investigar a funcionarios actuales. Con esa ley, fríamente calculada, Solís dejó de ser contralor y dejó las bases para que a futuro no haya Contraloría.
El rol de la Contraloría es evitar el latrocinio del erario. Todos los gastos públicos pasan por la firma del contralor. Y él, cuya obligación era impedir el derroche, se volvió un aliado de los corruptos y un encubridor del saqueo de nuestros impuestos. Con la excusa de que prefiere corregir a los funcionarios y no sancionarlos, ha terminado avalando lo injustificable.
Pero más allá de él, el deterioro de la Contraloría debería preocupar en un país que dice ser democrático. Es una absoluta vergüenza.
