
Panamá es un país presidencialista, dicen. Y sí. El presidente es la cabeza, pero la Asamblea es el cuello que decide cómo se mueve esa cabeza. Por eso, la elección de diputados es tan importante como la presidencial.
El presidente que gane tendrá necesariamente que negociar con la Asamblea. Empezando porque casi todas las promesas de todos los candidatos terminan ahí sí o sí. Entonces el presidente propone; la Asamblea dispone.
Eso incluye el presupuesto. Las finanzas del Estado, al final, las decide la Asamblea. La Comisión de Presupuesto (que soberanamente decidió mantener sus actas secretas) define si aprueba el presupuesto o no. Y además los jefes de todas las instituciones tienen que pasar por “go” para cualquier traslado de partida, aunque sea de un dólar. Ese ejercicio serviría para que, siendo nuestros representantes (porque eso es lo que son), fiscalizaran que no se fumiguen nuestra plata. Pero con los diputados que hemos elegido, lo que manda es el qué hay pa’ ellos.
Y también están los nombramientos. La Asamblea sola, sin intervención del presidente, escoge al contralor, que es quien puede trancar la ejecución del presupuesto. O trancar el país facilitando bribonadas, como Solís.
Y los nombramientos del presidente tienen que pasar por la Asamblea, que no lo ratifica pensando en el país sino en qué tan fiel será a ellos la ficha. De 2019 a 2014 han ratificado a 272 funcionarios. ¿Entonces quién manda? ¿El presidente o los diputados?
Y ni hablemos de la facultad que tienen de tumbar a un presidente o un magistrado. Literal. Cualquier ciudadano puede presentar una denuncia de una página si quiere, y Credenciales (donde los diputados no tienen ni que ser abogados) lo enjuicia. Y como no hay reglas claras, eso, que debería servir para hacer justicia, se vuelve un instrumento de chantaje.
Y a esto se suma la potestad que tienen de hacer lo que quieran con las leyes mientras 36 de ellos lo acuerden. Y si el presidente los veta, ellos con dos tercios pueden impulsar temas de impuestos, migración, seguridad, delitos, organigramas, contratos ley, compras públicas… lo que quieran.
En este quinquenio dejan pendientes varios proyectos que el país necesita, pero que a ellos no les generan ganancias: el reglamento interno (lleno de vacíos a propósito), el que deroga la ley que cambió el régimen de la Contraloría (y ha permitido el escandaloso robo del Ifarhu), el que inhabilitaría a las empresas corruptas de contratar con el Estado, la no prescripción del abuso sexual de menores, extinción de dominio, protección de denunciantes… Y en contraste, nos enyardan 25 corregimientos ilegales, pero que les daría más poder a ellos.
Dentro de todo, como aquí no repiten los gobiernos hay cierta oxigenación en el Ejecutivo. Pero en la Asamblea no. Hasta el gobierno de Martín hubo partidas circuitales de seis cifras. Luego Martinelli empezó a comprar a los diputados con siete cifras. Eso los maleducó y valorizó. Y creado ese monstruo, unos cuantos diputados se volvieron señores feudales y nadie ha podido parar eso. Hoy son tres que tienen todo el poder porque reclutan al resto, que son sumisos o vendidos. Y con ese poder deciden lo que pasa en Panamá.
Ahí están los resultados del Índice Latinoamericano de Transparencia Legislativa. Sacamos 38 de 100. Ni siquiera llegamos al promedio mediocre de la región que es 42. Porque, claro, en la opacidad crece la corrupción y ese es el fuerte de nuestros “honorables”.
Además, somos la Asamblea que más dinero maneja en la región y más funcionarios tiene. Y si trabajaran, perfecto. Pero son vulgares botellas. Miren el enredo que hubo el lunes porque no había actas dizque por falta de personal. O sea, la Asamblea duplicó sus funcionarios en los últimos seis meses. Y solo en una de las planillas. De nuevo, hacen lo que les da la gana y no rinden cuentas. No en vano el 84% de los diputados quiere reelegirse.
Tenemos que sacar a los bultos que tenemos ahí y elegir gente decente y con carácter que fiscalice, presente leyes y no sea cómplice ni extorsionador del Ejecutivo. Hay mucho poder en juego. Nosotros decidimos a quién se lo damos.
