
Todos los regímenes autoritarios, dictatoriales y corruptos tienen el mismo patrón: atacar a periodistas críticos de sus actuaciones e incongruencias. Y eso no solo aplica a gobiernos, sino también, como en Panamá hoy, a quienes quieren llegar o volver al poder.
Esa doctrina de acabar con los medios no diferencia izquierdas de derechas, y es más vieja que la sarna. Un buen ejemplo es Mussolini o, en su máximo grado, Hitler. La estrategia era callar a la prensa incómoda.
Antecedentes más recientes, y del otro lado del péndulo ideológico, también sobran. En Nicaragua, por ejemplo, está el asesinato del implacable Pedro Joaquín Chamorro, el director del diario La Prensa de Managua, de manos del régimen del autoritario cínico de Somoza, que también por implacable mató al periodista Bill Stewart, de ABC, y a su camarógrafo.
El manual de los regímenes autoritarios es acabar con los periodistas que les representan una amenaza para seguir violando la ley y haciendo lo que les da la gana. Ahí está Guillermo Cano, asesinado en Colombia por incomodar al narcotráfico. Y el genial y punzante Jaime Garzón. Esos asesinatos sacudieron al mundo, como los que ocurren a cada rato en México, el país donde más periodistas han muerto por incomodar al poder regular e irregular.
En Panamá, la violencia contra los comunicadores está escalando muy rápidamente. Aquí siempre ha habido periodistas que cuestionan y hacen preguntas incómodas. Con Noriega, por ejemplo, el ataque público que le hizo a la corresponsal de CNN Michele Labrut marcó su dinámica con los medios. Como Rubén Darío Paredes, cuando vio un factor de desequilibrio en La Prensa y la mandó a cerrar “desde ya”.
El Toro también fue tenaz con campañas mediáticas e insultos directos a periodistas. Y si no que lo diga Gustavo Gorriti, que tanto lo sacaba de quicio. ¡Ah!, y con demandas y secuestros a medios ahora.
En cuanto a Moscoso, la estrategia era ignorar a los periodistas. Con Torrijos, la que fue agresiva fue la esposa. El que sí se fue de frente fue Martinelli. Con demandas, ataques personales como el de Hugo Famanía, cercos mediáticos y descalificaciones a todos los medios. Menos los suyos. Esos que compró con plata de coimas, sí.
Varela no fue tan frontal. Como Cortizo. Sin embargo, aquí todos los gobiernos castigan de tres formas a la prensa que discrepa, que no es cariñosa y que no narra la noticia como unos quieren sino como es: con la distribución de la propaganda (con el chantaje de “si me tratas bien te pauto más”), la descalificación y el cerco de entrevistas y de información pública. Martinelli hasta tenía una lista de periodistas vetados.
Fidel Castro, Hugo Chávez y Ortega llegaron al poder siendo una seda con los medios. Subieron y entonces deshicieron. Igual que Bukele o el guatemalteco Romeo Lucas García, o Pinochet en Chile. La descalificación y la amenaza como armas.
Pero en Panamá, la izquierda radical que quiere alcanzar el poder, llámese Suntracs y sus amigos de la Asociación de Profesores, se define antiprensa desde ya y muestra sin pena cómo sería su dinámica de agresión si ganara. Igual que Martinelli, extrema derecha y prominería, pero con una enemistad en común con la izquierda extrema: los periodistas. Y los medios que no son de ellos, porque los dos tienen medios y bien mentirosos.
Aprovechan el megáfono con el que en teoría se oponen a la minería para gritar los nombres de periodistas que los incomodamos, descalificándonos como vendidos a la mina y vendepatrias porque cuestionamos no su derecho a protestar, sino su manera de actuar.
Protestan con una pancarta con las caras de los que los cuestionamos y nos llaman terroristas mediáticos. Terroristas. Y por terrorismo también demandan. Terrorismo por revelar las propiedades que a precios privilegiados adquirieron sus líderes máximos, los que dicen luchar por ellos. Secuestran medios impidiendo la entrada y salida de sus periodistas (salvo los medios de Martinelli, qué coincidencia), publican las cuentas de redes sociales de comunicadores y piden dejar de seguirnos. Y al que diga algo que no les gusta, le montan una campaña de odio. Esto ha llegado tan lejos, que Suntracs le endilga la muerte de los manifestantes en Chame a los periodistas. Explíquenme eso.
En todos lados los ataques empiezan así. Como aquí, saliendo de los habituales ataques virtuales a la calle. Luego escalan a amenazas, que ya estamos viendo, después a golpes y luego a crímenes, desapariciones y exilios forzados. La diferencia con esos países es que aquí todavía podemos evitar esos finales.
Porque el objetivo es uno solo: meter miedo. Caer en eso es someterse a la autocensura y un país que renuncia a la información se entrega al miedo y, por tanto, al mal. Así que vengan como quieran, que aquí no nos vamos a entregar.
