Hace unos días vi un debate en un programa argentino que me dejó pensando. Una periodista se quejaba de esperar dos horas en el consultorio. Otra cuestionaba que le cobraran la consulta solo por pedir una receta. Una tercera, más justa, recordaba que detrás de esa receta hay al menos ocho o nueve años de estudio. El debate duró minutos. La conversación interna que me generó, días.
Hoy, 21 de mayo, Día del Médico en Panamá, quiero hablar de algo que pocas veces se dice en voz alta.
Vivimos en una era extraña para la medicina. Los políticos dan recomendaciones de salud pública desde micrófonos. Los economistas diseñan políticas sanitarias desde escritorios. Y la inteligencia artificial responde preguntas médicas a cualquier hora, sin conocer al paciente, sin saber su historia, sin mirar sus ojos.
En un estudio que estamos llevando a cabo en Panamá sobre fuentes de información durante el embarazo, encontramos que el 25 % de las mamás le preguntan a la inteligencia artificial sobre vacunas. Más que a médicos generales. Más que a enfermeras. Una de cada cuatro mamás panameñas llega al consultorio habiendo consultado primero a un algoritmo.
Y aun así, los médicos seguimos.
Seguimos actualizándonos, leyendo estudios, asistiendo a congresos. Seguimos respondiendo mensajes de WhatsApp a las diez de la noche porque una mamá está asustada y no puede esperar hasta mañana. Seguimos llegando tarde a cumpleaños, a cenas familiares, a momentos que no vuelven, porque el hijo, el papá o el abuelo de otro nos necesita. Seguimos sentándonos frente a un paciente que llegó con el diagnóstico que le dio la IA la noche anterior y, en lugar de molestarnos, respiramos y empezamos de nuevo.
No lo digo como queja. Lo digo porque merece ser dicho.
La medicina es, en su esencia, un acto de amor y entrega. Nadie estudia más de ocho años, hace guardias de treinta y seis horas y sacrifica su vida personal solo por dinero. Se hace por vocación —una palabra que hoy suena anticuada, pero que sigue siendo real. El médico que pierde el sueño preocupado por un paciente no está “haciendo su trabajo”. Está entregando algo que no está en ningún arancel.
Hoy quiero reconocer a los colegas que trabajan en hospitales públicos con recursos limitados y dan lo mejor de sí. A los que atienden en áreas remotas donde el médico más cercano son ellos. A aquellos que sostienen el sistema de salud de este país con sus manos y su corazón.
Y a los pacientes y familias que todavía valoran ese gesto humano —los que dicen gracias, los que confían, los que entienden que detrás del médico hay una persona, con una familia— les digo: ese gesto o esa palabra importa más de lo que imaginan.
Seguimos. No porque seamos perfectos ni porque el sistema sea justo. Seguimos porque creemos que vale la pena. Porque cada paciente que mejora, cada familiar tranquilo, cada niño, adulto o abuelo sano nos recuerda por qué elegimos esto.
Feliz Día del Médico.
La autora es pediatra.

