La formación de docentes es indispensable para la transformación de una sociedad que valora el desarrollo humano y para los proyectos de vida de las personas, donde los diversos procesos pedagógicos se convierten en una constante búsqueda de la esencia cultural y el compromiso con los objetivos del desarrollo de la nación.
En nuestro país, principalmente en el caso de la más importante institución formadora de docentes (la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena), un educador se forma por aproximadamente seis años, para posteriormente, dependiendo de las posibilidades, ingresar a la universidad por un título de educación superior, que permita -aparte del fortalecimiento de los conocimientos adquiridos- acceso a una plaza de trabajo en el sistema educativo.
Es conocido por muchos docentes las historias sobre el afortunado educador que obtenía su bachiller en pedagogía y automáticamente esa certificación venía acompañada de un nombramiento en un centro escolar e incluso con la oportunidad de elegir dónde trabajar. La realidad actual es otra; el concurso por nombramiento se ha convertido en una fuente de desilusión para muchos docentes que, con una formación a nivel superior, no logran su nombramiento.
Las dificultades son evidentes, los educadores formados hoy día, con niveles de educación superior, son testigos de ello. Sin embargo, la realidad hacia la opinión pública es otra; se proyecta al docente como el responsable de no aceptar las plazas de trabajo en las áreas apartadas o el hecho que existen escuelas con deficiencia de educadores, entre otras situaciones que resultan contradictorias.
Por supuesto que estas realidades tienen un trasfondo que es necesario que analicemos; es común en nuestro país hablar de justicia para las profesiones, para las situaciones laborales, para cualquier circunstancia en el contexto social. Entonces, luego de una formación que va desde los tres hasta lo nueve años aproximadamente, ¿es justo que el docente se enfrente a una realidad donde la vacante laboral no está asegurada? ¿Debe aceptar una plaza en zonas apartadas que no aseguren su estabilidad? O, la más común, aceptar cualquier trabajo para subsistir y no sucumbir a la realidad económica, por destacar tres de muchas interrogantes.
Es necesario una revisión desde la formación del educador hasta garantizar su inserción a la vida laboral, de lo contrario, ¿para qué se forman docentes? Esto involucra a muchos elementos desde el profesor, que debe orientar y no maquillar la realidad que va a enfrentar el estudiante, y las autoridades educativas, que deben enfocarse en disminuir la falencia en los procesos de nombramiento docente.
El autor es bibliotecólogo de la UP en Veraguas
